EMOCIÓN A FLOR DE PIEL

Video. Relato 25/11/20: El privilegio de poder despedir a D10S

En un imborrable capitulo de mi vida, presencié el último adiós al más grande de todos los tiempos. Relato de ese fatídico 25 de noviembre desde Casa Rosada.

Por Ian Grandón Soporsky


Con mi madre al teléfono me enteré la peor noticia para un futbolero: la zurda más icónica de todos los tiempos se nos iba de este plano. La muerte de Diego Armando Maradona marcó un antes y un después para el fútbol mundial. Pero sobre todo, el dolor de los argentinos hoy continúa vigente.

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Particularmente, me encontraba en Capital Federal y el clima era raro. La gente se miraba y con la mirada parecía indicar no poder creerlo. Luego de idas y vueltas, la decisión fue despedirlo en Casa Rosada y ahí no dudé: a pesar de la multitud de gente que podía llegar a acercarse, prometí estar presente no sólo por mí sino por todos esos amigos y familiares que hubiesen soñado hacerlo.

Casi no dormí, di vueltas por toda la cama hasta que sonó el despertador. Eran las siete de la mañana y los medios no pararon ni un segundo de hablar de semejante perdida. Terminé rápido mi café y arranqué camino a la estación de subte. En Plaza de Mayo debía bajarme, aunque los cortes de calle me hicieron bajar antes.

 (FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)
(FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)

Las estaciones colmadas repetían una postal de las calles y los rostros también eran repetición: angustia y desolación. Para mí y los presentes, una chance única deseada desde cualquier punto cardinal de este planeta. Poder despedir al que surgió de Cebollitas y conquistó Europa -todo con la misma zurda- era esa pequeña satisfacción entre tanto dolor.

 (FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)
(FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)

El camino desde la Av. 9 de Julio, aquella famosa por ser la más ancha del mundo, se hizo aún más ancha en el camino a esa fila que ya sumaba varias cuadras. "¡Gracias Diego!", se leía en los carteles de información del transito que posee la Ciudad de Buenos Aires.

"Olé, olé, olé, olé, Diegooo, Diegooo", con ese famoso cantito el público buscaba permitirse un poco de aliento para el Pelusa. Las camisetas de Boca estaban junto a las de River, las de Central con las de Newells y así con varios "clásicos" del fútbol argentino. Uno de las perspectivas de la mañana dejaba en evidencia lo que Maradona producía: un noble amor sin espacio a la rivalidad.

El ingreso a la Casa Rosada parecía llevarse sin inconvenientes y ajustado al protocolo. De 15 a 20 personas ingresaban por tandas y en sus manos llevaban miles de obsequios que iban desde camisetas hasta pelotas de fútbol. Las flores tampoco faltaron y brillaban a causa del sol de noviembre que se hacía sentir.

 (FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)
(FOTOS: IAN GRANDON SOPORSKY/LA OPINIÓN AUSTRAL)

Todo ese miércoles lo viví paciente y emocionado, sin mirar el reloj me enteré que ya eran las diez de la mañana cuando un aplauso enmudeció a la Capital Federal. A cada segundo, fui consciente de ser parte de uno de los momentos más trascendentales para el deporte. Y fue justamente lo que el deporte produjo con Diego mi mayor motivación a no faltar a esta cita.

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El ascensor social conseguido por el nacido en Villa Fiorito me interpeló, está de más decir que ver lo que hizo el hijo de "Chitoro" con la pelota seduce hasta al corazón más cerrado. Pero esa cuota de gente y patria que potenció el deporte es mi mayor admiración para un argentino de cuerpo y alma. Con aciertos y errores, Pelusa fue será lo más nacional que conocí.

El tiempo había pasado y ni cuenta me di, era mi turno. Pasé por el escáner, me midieron la temperatura, los policías me controlaron y ya estaba listo para entrar al Salón de los Patriotas Latinoamericanos, habilitado como capilla ardiente. El mismo que despidió por ejemplo a EvitaJuan Domingo Perón Néstor Kirchner. En ese momento puntual, mis ojos empezaron a cargarse de lágrimas.

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Las vallas de seguridad marcaban la distancia con el féretro de Diego, cubierto con una bandera argentina y el icónico número 10. Sólo se podía permanecer ahí unos segundos y -entre tantos ojos húmedos- atiné a decir: "¡Gracias por tanto, Diego!".

Me aproximaba a retirarme y justo en aquel momento su hija Dalma sacó de una mochila una réplica de la Copa del Mundo para ponerla por encima del féretro. Una secuencia imborrable e inmortal: Maradona y un trofeo que marcó la historia de millones de habitantes.

"¿El último día de Maradona?", me pregunté y enseguida percibí lo contrario: Diego vivirá en cada rincón donde el fútbol aparezca en escena. En cada potrero como el de Fiorito, en cada estadio como el de Argentinos Juniors y en cada familia unida por la pasión que -la redonda y su zurda- sólo a los argentinos le transmitió. Pelusa, te extrañamos todos los días.

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