Miercoles 3 de Enero de 2018
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Columnistas
Naomi Kennard, Teddy Payne, Jeanette Benham, Miguel Mayeste y Guillermo Benham, cortaban las cintas y abrían por primera vez las puertas del museo.
Museo del Club Británico
Un interesante desafío tuvo la comisión directiva del Club Británico de Río Gallegos cuando eligió formar un museo, contratando a la especialista en Conservación, Carla García Almazán. Es-después de un año de trabajo-un espacio de ciertas características que pone en valor el patrimonio de las familias fundadoras de una institución centenaria. El museo propone un recorrido sobre temas como poblamiento, guerras mundiales, huelgas rurales, educación, religión y vida cotidiana -entre 1885 y 1945- temas que atraviesan la historia de la colectividad británica de Santa Cruz. El museo no pertenece a ninguna familia -no obstante es de todas-
“De mi tierra II”
Sandra descubrió, jugando, que podía modelar y crear cacharros tal como lo hacían los diaguitas. Tenía unos siete años. Desde entonces la cerámica fue su lenguaje artístico. En talleres de Buenos Aires, primero, perfeccionó la técnica y mientras vivió con su familia en los Estados Unidos, después, consolidó su sello personal. El inmenso amor por el campo y la actividad ganadera están plasmados en su obra como hilo conductor ancestral. Hace sus obras con arcilla, tierras de colores que resaltan esa temática campera patagónica. Esta es la cuarta vez que podemos verla en Fundacruz. Es la artista que cierra el ciclo 2017.
Felicia cuando cumplió 100 años, junto a sus nietos Fernando y Gustavo, bisnietos, la familia de Ivana Fernández (esposa de Fernando)  y su amiga Jessie Urquhart con su hija Gem Mackenzie.
Memorias centenarias
En 1939 Felicia Pérez vino de Punta Arenas de visita a la estancia “Laguna Colorada”. Una recomendación accidental la llevó a trabajar a “Cabo Buen Tiempo”, primera experiencia de vida que la haría madurar de golpe. En 1941 se casó con el asturiano Sergio Muñiz, el capataz de esa estancia, y al año siguiente decidieron radicarse en Río Gallegos, alquilando el hotel “Covadonga” de la calle Roca. En ese entonces Sergio ya trabajaba en el frigorífico Swift. En 1946 decidieron probar suerte por su cuenta, alquilaron una modesta casa -que luego adquirieron- y así empezaron con una pequeña pensión.