Domingo 2 de Diciembre de 2012
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César Echavarría y Lucía Pueyrredón
El sur vuelve a llamarlos (Primera Parte)
En 1942, César Echavarría y Lucía Pueyrredón arribaron a Santa Cruz, poco tiempo después de haberse casado. El llegaba como topógrafo del Instituto Geográfico Militar con la misión de relevar la franja limítrofe desde Río Turbio a Río Gallegos. El campamento se levantaba en la estancia “Sofía”, donde nació una amistad con los James -sus administradores- que perduraría. Una vez concluida aquella ardua tarea el matrimonio regresó a Córdoba, donde César fue profesor de Cartografía y Topografía en la Escuela de Aviación. Allí nacerían sus hijos: César, Alberto, Estela y Eduardo.
Domingo 2 Dic 2012
Lucía Pueyrredón y César Echavarría, Córdoba, 1939.

Lucía Pueyrredón y César Echavarría, Córdoba, 1939.

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Los Echavarría
Alberto: Mi padre, César Augusto Echavarría, nació en Córdoba en 1917 y era hijo de Pedro César Echavarría y Luisa Lascano, ambas tradicionales familias de Córdoba. Ellos tuvieron cinco hijos: cuatro varones, entre ellos papá y su gemelo Pedro César, y una mujer, Nélida. Mi abuelo era militar, alcanzó el grado de teniente coronel y estaba retirado cuando lo conocí. En los últimos años fue jefe del distrito militar Córdoba e integró el Consejo de Guerra. Habían estado radicados en La Rioja , Córdoba y Santa Fe, hasta que volvieron a Córdoba definitivamente. 
Mi padre hizo parte del secundario en el Colegio de la Inmaculada en Santa Fe y después siguió los estudios en su ciudad natal. Más adelante se trasladó a Buenos Aires y vivió en una pensión para estudiar en la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de topógrafo. Ingresó luego al Instituto Geográfico Militar, por medio del cual conoció medio país. Los tres hermanos de papá fueron militares, como mi abuelo, y cursaron en el Colegio Militar de Buenos Aires.

El trabajo de topógrafo
El trabajo de campo del topógrafo era bastante artesanal como duro, debido a que formaban comisiones y vivían en campamentos durante mucho tiempo. Una de sus tareas -que le llevó alrededor de dos años- fue hacer el relevamiento topográfico del Impenetrable en el Chaco y después enviaron a mi padre a los Esteros del Iberá, donde trabajó cerca de un año. Allí, contaba, debía colocar el nivel sobre el lomo del caballo porque no había dónde apoyarlo, entonces realizaba tres o cuatro mediciones y luego sacaba un promedio, teniendo en cuenta el movimiento que podía haber tenido el caballo.
En esa época mi padre estaba de novio con Lucía Pueyrredón. Mamá era hija de Juan Martín Pueyrredón y Trinidad Aliaga. Mi abuelo era abogado, descendiente de Andrés Pueyrredón, que fuera gobernador de Córdoba. Ellos vivían en el centro de Córdoba y tenían una casa quinta en Argüello donde tenían frutales, vacas y aves de corral. La abuela hacía dulces y los típicos postres con leche y huevo del tiempo de la colonia, recetas que se heredan de una generación a otra. El abuelo Juan Martín murió de un infarto mientras manejaba llevando a la familia a la quinta y los demás, afortunadamente, sobrevivieron al vuelco. La impresión fue muy grande. Mamá era muy joven.
César Echavarría y Lucía Pueyrredón
En 1941 mis padres se casaron y mi madre acompañó a papá a los Esteros del Iberá, donde aún tenía trabajos que terminar. En el invierno de 1942 lo destinaron al territorio de Santa Cruz para que se estableciera en la estancia “Sofía” e hiciera el relevamiento de la franja limítrofe entre Río Turbio y Río Gallegos.
El viaje lo hicieron en el barco “Asturiano” y mamá contaba que el día que llegaron a la rada del puerto soplaba un viento infernal, bajaron en un lanchón y tuvo mucho miedo.
Estuvieron dos o tres días parando en el hotel “Comercio” y un camión del regimiento los llevó a la estancia “Sofía”. Era julio y recordaban que cruzaron el río congelado.
El campamento base en esa estancia les permitió conocer a Percival James y su familia, que administraba esa estancia de los Braun Menéndez.
Mi madre fue a “Sofía” recién casada y se encariñó mucho con los chicos de los James. Ella recordaba cuando estaban por tener al último de sus hijos y se fueron a Punta Arenas, quedando mamá durante dos meses al cuidado de los mayores (mamá siempre conservaría una foto enmarcada de los hijos de mister James y su esposa Vinka).
En Córdoba la familia tenía una intensa vida familiar. Mis abuelos Echavarría recibían a sus hijos y sus esposas todas las noches a tomar un café y conversaban un momento hasta tarde, y la única excusa para faltar era estar de viaje. La vida familiar cordobesa la extrañaban sobremanera, sin embargo, la encontraron de alguna manera en la estancia.

El topógrafo en el sur
Mi padre contaba que para acostumbrarse al clima, antes de salir a trabajar, pasaba de las habitaciones calefaccionadas de la casa a la galería vidriada que no tenía calefacción, entonces iba adaptando el organismo para no sentir el golpe de frío, porque la diferencia térmica era muy grande. Más tarde montaba a caballo y salía con los demás integrantes de la comisión para hacer los relevamientos y los trabajos de nivelación. Contaba mamá que mi padre solía regresar del campo con los bigotes escarchados.
Una vez que regresaba, tenía que trasladar a las planchetas de papel vegetal todos los datos que habían obtenido ese día, información que luego se iba volcando sobre un mapa, para que después el Instituto Geográfico lo volcara finalmente al plano general.
Esta comisión estaba integrada por un dibujante, cinco o seis soldados y mi papá, además había un baqueano.
El primero que lo acompañó al sur fue el correntino don Ramírez. Mi padre lo había conocido en el Chaco, en el Impenetrable, donde era común el contrabando, al igual que en los Esteros del Iberá. Allí había contrabandistas establecidos que, lógicamente, cuando veían gente con uniforme militar, no dudaban en tirar. Mi papá contaba que le daba lástima Ramírez porque con medio metro de nieve, andaba de bombachas y alpargatas. Unos meses después volvió a Corrientes porque extrañaba a su familia y el paisaje. 
Otro baqueano del lugar fue un tal Cárdenas. Hay una anécdota con él... Un día estaban colocando los puntos trigonométricos en el sector de la frontera, es decir que colocaban el punto metálico y luego amontonaban piedras alrededor como si fuera un basamento, para que no se moviera. Otro día Cárdenas se fue al pueblo porque su esposa había tenido un varón y cuando regresó al campamento, le contó a mi padre que al niño lo habían llamado Trigonométrico Cárdenas.

El regreso a Córdoba
Mi padre era un enamorado de la Patagonia y especialmente de Santa Cruz porque desde el primer momento le encantó esta zona, donde había hecho muchos amigos; seguramente tras escuchar los relatos de su estadía, me iría inculcando luego el cariño por esta provincia con cierto espíritu de aventura.
Un año y unos meses después mi padre terminó el trabajo en el Territorio de Santa Cruz y volvieron con mi madre a Córdoba, donde él siguió trabajando durante un tiempo en el Instituto Geográfico.
En 1945 dejó esa institución porque lo nombraron profesor de Cartografía y Topografía en la Escuela de Aviación de Córdoba.
En 1946 nació mi hermano César; después seguí yo, Alberto, en 1949; Estela en 1955, y Eduardo en 1958.

Al sur nuevamente
En 1959 mi padre trabajaba como profesor en la Escuela de Aviación y además era el encargado de infraestructura de la Escuela de Aviación y de la Escuela de Suboficiales de Aeronáutica. El comandante en jefe de la Fuerza Aérea -que había sido director de la Escuela- le ofreció que fuera inspector de obra de la pista de la Base Aérea de Río Gallegos, que ya había empezado a construirse, pero aún no estaba habilitada y el inspector anterior se había retirado. La empresa Red Caminera tenía la concesión de la obra.
Me acuerdo que mi padre viajó en avión a Buenos Aires para conversar sobre la propuesta. El comandante le recomendó: “Mire, vaya y vea” y tras su regreso a Córdoba hubo una charla privada con mi madre. Era una propuesta económicamente conveniente, sin embargo, mamá no estaba del todo de acuerdo porque ahora tenía su familia armada, cerca de su madre y sus hermanos, y nosotros íbamos al colegio.
El acuerdo fue que él viajaría al principio solo, para ver cómo estaba la obra y después decidirían.
En julio de 1959 mi padre se trasladó a Río Gallegos y viajó dos o tres veces a Córdoba, hasta que un día se decidieron. Mamá levantó la casa en una semana y partimos hacia Río Gallegos.
Mi hermano mayor, César, permaneció en Córdoba porque iba avanzado con el secundario y quedó viviendo con nuestros tíos.
El 10 de diciembre viajamos todos los integrantes de la familia, más cinco enormes baúles, arriba de un avión Dove de ocho plazas y aterrizamos en la pista de Marina, que era de asfalto.
Ese día tuvimos las cuatro estaciones del año: nevó, granizó, hubo viento y después salió el sol.
El recibimiento fue de lo más exótico… En un galpón de la obra de la pista estaban haciendo un asado al palo y además preparaban centollas -que habían traído de “La Angelina”- dentro de un tambor lleno de agua sobre el fuego. Había una gran cordialidad por parte de la gente que nos recibía.
Mi papá tenía asignada una camioneta Ford doble cabina con la que se trasladaba al Destacamento Aéreo Militar, que después se denominó Base Aérea.
Allí había grupos de cuatro casas, algunas funcionaban como viviendas, otras de oficinas y una de laboratorio. El señor Marini era el encargado de las gamelas y de darle de comer a la gente. Era una persona muy querible. A veces mamá no alcanzaba a cocinar y el auxilio lo tenía don Marini.
Una vez se incendió una de esas casas y con el viento, el fuego se expandió. Hasta que llegaron los bomberos se quemaron todas. Entre los compañeros de mi padre en la oficina estaban Juan Carlos Barbitta, Verzino, el laboratorista Higinio López (después López fue piloto civil de Aerolíneas Argentinas. En los vuelos internacionales fue de los primeros pilotos de Jumbo).

El barrio
En ese momento la Aeronáutica nos daba una casa totalmente amoblada en la esquina de Errázuriz y Belgrano. Allí conocimos a los Irazoqui y los Drisaldi, que vivían enfrente y las familias nos hicimos muy amigas. En el barrio también estaban los Guittard, los Igor, Darío Guerrero, los Leoz, los Mayan, entre otros.
El querosén era el combustible para la calefacción y la carne congelada la cortaba “Pitango” en calle Estrada. El pan lo comprábamos en la panadería “La Fe”.
Me acuerdo cuando empezaron a asfaltar la calle San Martín y el monumento a Roca estaba ubicado en Roca y Errázuriz, cuando Roca aún era doble mano. Era típica la vuelta al perro en auto por Roca, Sarmiento y después, otra vez por Errázuriz. El carnaval era una cosa muy pintoresca, porque hasta las diez de la noche nadie mojaba a nadie, pero después se largaba el diluvio porque los muchachos tiraban agua de arriba de las cajas de las camionetas a cualquiera que pasara.
Este primer verano fue increíble, entrábamos a casa para cenar y volvíamos a salir a jugar, porque descubrimos que teníamos luz hasta cerca de las once.
Mi hermano Eduardo hizo el Jardín de Infantes en la Escuela 10 y su primera maestra fue Cristina Garrido, que siempre se acuerda de su flequillo rubio.
Yo empecé primer año del secundario en el Colegio Salesiano. El rector era el padre Eulalio Paris y estaban de profesores Pastore, Molina, Giudice, Olivieri y Rosso, que nos hizo gustar de la música clásica, los hermanos Godoy y Emilio García Pacheco, que era profesor de Geografía e Instrucción Cívica. En el secundario hice las amistades que perduraron a lo largo de la vida. Teníamos la tonada cordobesa que a la gente llamaba la atención, pero poco a poco la fuimos perdiendo.
En la plaza San Martín andábamos en bicicleta y nos juntábamos los del Salesiano con los del Nacional.
Mi recuerdo es el de una ciudad tranquila... Un día se rompió la cerradura de la puerta de entrada a mi casa. El cerrajero Balado no estaba porque había viajado y creo que estuvimos quince días con la puerta apoyada con la silla, para que no la abriera el viento. Incluso nos fuimos un fin de semana a la estancia “Bella Vista Braun”, que después administraban los James y me parece que la casa quedó sin llave.
Otros buenos amigos de mis padres fueron los Darré y los oficiales de la Fuerza Aérea, como el teniente Paulic (que después llegó a ser comandante en jefe de la Fuerza Aérea ). A Eduardo Harris lo conocimos muy joven, apenas llegó como médico de la base. Posteriormente, los Pelegrino.
Una salida de los matrimonios era ir al “Túnel” de Isidro Menéndez, donde había orquesta. Entre los hobbys de mi padre… la pesca, el tiro y como radioaficionado. En el Radio Club entabló amistad con Humberto Segovia, Cozzuol, Piero Stallo y otros radioaficionados. Más adelante instaló en casa un equipo de radio y solía comunicarse, sobre todo, con su hermano gemelo, con quien naturalmente tenía una especial conexión.
El primer invierno fue muy frío, muy escarchador y ahí conocí los patines de hielo, íbamos con los chicos del barrio a la laguna Ortiz todos los días a la tarde, después de hacer la tarea, especialmente con Mike y Pablo Guittard. Los coches se ubicaban con los faroles para iluminar la laguna. Otras veces evitábamos al portero e inundábamos el patio de la Escuela 1, entonces teníamos otra pista de patinaje más cercana.
A mamá mucho no le gustaba vivir acá porque extrañaba a su familia, sin embargo, nunca se quejó y acompañó a su marido en todo momento, además estaba dedicada a nosotros, cocinaba, cosía y nos tejía pulóveres en su máquina “Knitax”.

La obra de la pista
Esta obra de la pista nunca se interrumpió a pesar de los cambios de gobierno, aunque había demoras por problemas presupuestarios y naturalmente por la temporada invernal, porque no existía el anticongelante para el hormigón.
Me acuerdo de ver a mi padre durante los días de helada controlar una hormigonada de una de las últimas losas de la pista y los obreros que calentaban el pedregullo con lanzallamas provistos por el ejército. 
Esta pista -cuya construcción supervisó mi padre- fue la primera que tuvo el aeropuerto de Río Gallegos y es la que ahora se usa como pista de carreteo.
Más adelante la ampliarían, cuando hubo necesidad de recibir aviones más grandes, entre ellos, el Jumbo que iniciaba el vuelo transpolar.
En 1968 se terminaba la obra y como hubo una época en que mi padre necesitó estar mayor tiempo en el lugar, nos mudamos temporalmente a una casa de la Base Aérea.
En una oportunidad visitó la obra el presidente Illia y tuvimos la oportunidad de saludarlo.

La Escuela de Aviación Civil
Mi padre fue fundador -junto al perito en Accidentología Aérea Máximo Astorga- de la Escuela de Aviación Civil. Había ocurrido un accidente aéreo con un avión Beechcraft en la zona de Lago del Desierto y Astorga era uno de los pocos peritos en Accidentología Aérea del país. El vivió con su familia durante un año en una casa próxima a la nuestra. En la escuela que formaron se enseñaban oficios y carreras complementarias a la aviación civil. Muchos oficiales de Fuerza Aérea daban clases de acuerdo a su especialidad y venían de Buenos Aires para los exámenes.
Me acuerdo de Jorge Vrsalovic, que vivía en Ushuaia y pidió que lo dejaran rendir libre, llevaba los apuntes y venía mensualmente para rendir, entonces a fin de año le armaban una mesa de examen con profesores que venían de Buenos Aires. Al cabo de dos años terminó diplomándose. En los ‘70 él vivía en la parte alta de Ushuaia y armó en el living de su casa una torre de control con una antena en el patio, desde donde dirigía la entrada de los vuelos para la pista vieja, ya que la torre de la pista estaba a menor nivel que su casa. Más adelante llegó a ser el jefe del aeropuerto de Ushuaia.

Entre Santa Cruz y Córdoba
En 1963 mi madre se trasladó con mis hermanos más chicos a Córdoba. Mi hermana Estela tuvo un coma diabético a los diez años y la atendieron en la Clínica Borrelli, donde la estabilizaron, sin embargo, como no existían posibilidades de un tratamiento intensivo, el doctor Díaz Walker les recomendó a mis padres que la atendieran en Córdoba.
El primer indicio lo había dado Héctor Irazoqui, que era farmacéutico, y mientras jugaba su hija Mónica con Estela, observó que ella tomaba demasiada agua, entonces le dijo a mi padre que la llevara al Regimiento para hacerle un análisis. Allí se descubrió su diabetes.
Una vez que le dijeron que estaba compensada, regresó toda la familia a Gallegos, pero unos meses después Estela volvió a sentirse mal y allí se establecieron en Córdoba nuevamente. Mi padre viajaba periódicamente.
Ese año me quedé pupilo en el Colegio Salesiano durante los meses finales del primer y segundo año. Al año siguiente nos trasladamos con mis hermanos a Córdoba para terminar allá el colegio. Yo lo hice en el Colegio de la Inmaculada (franciscanos) y luego empecé la universidad.
Unos años después mis padres volvieron a Río Gallegos con Estela, hasta la finalización de la obra.
Mi padre también fue designado interventor de Vialidad Provincial y recorría toda la provincia, porque le gustaba decidir in situ. Más adelante el comodoro Borselli -que era interventor de la provincia- lo convocó como subsecretario de Gobierno.
En Córdoba mis tíos vivían al lado de casa y cuando no estaban mis padres, consultábamos por cualquier tema al tío Pedro si era necesario, el hermano gemelo de papá. Era curioso porque el consejo que podía darnos el tío, después era exactamente lo que pensaba papá.
En 1968 mis padres regresaron a Córdoba y poco después, él se jubiló. Mis padres recuperaron la tradición de tomar el café en familia, aunque ya no estaban los abuelos, ahora lo hacían con su hermano y su cuñada.
(Mamá falleció en agosto de 2002. El 18 de enero de este año falleció mi padre, César Echavarría, a los 93 años, lúcido hasta el último momento).

(Continuará el próximo domingo…)

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Por Pablo Beecher
Domingo 2 Dic 2012