Viernes 19 de Mayo de 2017
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Pablo Beecher
Entre Las Heras, Perito Moreno y la Colonia Pellegrini
El tiempo de las carretas
En 1917 Federico Saissac -hijo de un comerciante francés de Conesa, Río Negro-llegó a la Colonia Las Heras y quiso agenciarse de alguna vagoneta, que era un carro pequeño tirado por mulas y que podía cargar hasta 5.000 kilos. En esos años nadie quería hacer los viajes entre Las Heras y Perito Moreno porque los inviernos eran muy duros. El gerente de La Anónima de Perito Moreno fue su garante para que Federico tuviera su vagoneta, además de tres caballos y algunas mulas que le prestaron para empezar a trabajar.
Domingo 14 May 2017
Federico Saissac con sus hermanas, Eufrosina y Melania, años ‘20.

Federico Saissac con sus hermanas, Eufrosina y Melania, años ‘20.

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(viene de los Castro…)

El riesgo
En los viajes no se aconsejaba llevar bebidas alcohólicas, aunque siempre aparecía una damajuana de vino o una botella de caña. Una vez un chatero le dijo a Nicanor que iba a llevar a un burro con el que andaba mal. Nicanor -que era muy delicado con los animales- le dijo: “No, ese no porque vos lo castigás mucho. Es un burro y hay que entenderlo nomás, si en cuanto le movés la rienda el burro ya tira”. El paisano se enojó y lo trató mal: “¡Igual lo voy a poner en las varas!”, pero Nicanor insistió que no y que lo largara en el lugar. El hombre lo insultó y cuando se dio vuelta, sacó un cuchillo, pero Nicanor le dijo: “¡Parate, no camines más, ni vengas derecho a mí, porque yo también te sacudo!” - “¿Qué vas a sacudir?”. Nicanor sacó un revólver y, en la confusión, se le escapó un tiro que le dio de refilón en la boca. El hombre parecía estar muerto, pero en realidad fingía, aunque sangraba mucho. Nicanor fue a “La Compañía” y le avisaron a Frazer. Un rato después llevaron al chatero al pueblo para que lo atendieran, mientras que Nicanor fue preso a Río Gallegos porque los hechos de sangre se juzgaban en la capital, donde estaba el único Juzgado, pero estaban de feria y como no había juez, lo mandaron a la cárcel. 
En menos de un mes los demás chateros declararon como testigos y se demostró que la reacción de Nicanor había sido en defensa propia.
Un tiempo después los Hernández se quedaron a vivir en San Julián, porque los hijos mayores empezaron a ir a la escuela. 
A finales de los años ´20 los camiones fueron reemplazando a las chatas. Nicanor trabajó con la tropa hasta 1924, cuando Frazer le propuso elegir entre trabajar como puestero o establecerse con su familia en el pueblo y dedicarse a otra actividad: “Siempre me has cumplido, pedime lo que vos quieras”, y Nicanor le respondió: “Mire, si usted me quiere ayudar, hágalo con unos pesos y yo me las voy a rebuscar”. Compró un carro a un tal Fernández y empezó como aguatero. Frazer le hizo el mismo ofrecimiento a Domingo, que eligió ir de puestero a una sección.
(Domingo Hernández -luego de los cambios en el acceso a la tierra- quedaría como poblador del campo que ocupaba y lo llamó “Santa Teresa”.
Con el carro y un tanque de mil litros, Nicanor se dedicó a buscar agua en los manantiales de “La Compañía”, a veinticinco kilómetros, para vender en el pueblo. Así, fue de los primeros aguateros. Más adelante compró un camión, llegó a tener tres camiones con tanques de cuatro o cinco mil litros. 
En 1940 adquirió la estancia “La Marta” que cambió de nombre a “El Delfín”).

Federico Saissac
Federico José María Saissac nació en 1898 en Cubanea, entre General Conesa y Viedma, en el entonces Territorio de Río Negro. El padre abrió un negocio de ramos generales en Conesa y adquirió carretas y bueyes para transportar las mercaderías de su negocio, que logró hacer grande. Cuando todo parecía marchar sobre rieles, pese a la desgracia de haber perdido a su esposa, llegó la sequía y con esta, una epidemia que diezmó las majadas de la región. Los clientes sufrieron terribles pérdidas de hacienda y abandonaron los campos que poblaban, en la desesperación por salvar algunos animales. Estos hombres se marcharon hacia Sierra Grande dejando en Conesa nada más que lamentos y cuentas impagas. Quedaron en los campos las ovejas flacas, que casi no podían caminar. Pedro comenzó a viajar periódicamente a Sierra Grande para intentar cobrar a quienes le debían y así fue manteniéndose, pero en uno de esos viajes, cuando había llegado a San Antonio Oeste, falleció de forma repentina. Las hijas permanecieron en el colegio María Auxiliadora, mientras que Federico en el de los salesianos. 
Federico Saissac tenía dieciséis años cuando perdió a su padre y dejó el colegio para buscarse un trabajo, porque él decía que quería ser dueño de “algo”, siempre que fuera trabajando honestamente. Un tío que se enteró de la muerte de su hermano, llegó a Conesa y le dijo a su sobrino: “Sé que has aprendido de tu padre la honradez, ¡Dios te bendiga!” y le dio un documento que le serviría para cobrar todas sus cuentas. El tío le dijo que a ese documento lo tenía que hacer firmar por el juez de Paz de San Antonio para impresionar a los deudores. Federico fue visitando a los deudores que prometieron pagar como pudieran. Muchos no firmaban los papeles porque no sabían hacerlo, pero daban su palabra y reconocían la deuda, asegurando que si no era con dinero, entregarían algún animal en compensación. 
En 1917 Federico llegó a la Colonia Las Heras y quiso agenciarse de alguna vagoneta, que era un carro pequeño tirado por mulas y que podía cargar hasta 5.000 kilos. En esos años nadie quería hacer los viajes entre Las Heras y Perito Moreno porque los inviernos eran muy duros. El gerente de La Anónima de Perito Moreno después de conocerlo le dijo: “Muchacho, cómprate el carro de Inocencio González que yo te serviré de garantía, siempre que prometas traer algunos víveres para este pueblo desde Las Heras”. Federico tuvo su vagoneta norteamericana, además de tres caballos y algunas mulas que le prestaron para empezar a trabajar. Estaba feliz de ser el dueño de “algo”.

La Huelga del 21 
En la Huelga del 21 él estaba en Las Heras y recordaba que la población tuvo mucho miedo de que los huelguistas tomaran el pueblo por asalto, porque llegaban las noticias sobre los desquicios que iban haciendo a su paso. Los vecinos rodearon el pueblo con fardos de lana a modo de barricada y formaron entonces una Guardia Blanca con vigilancia diurna y nocturna. Estas guardias fracasaron por el exceso de bebida: “guardianes blancos borrachos como uvas” mencionaba Federico y se decidió que en las rondas se tomara solamente café y té.
Finalmente los huelguistas entraron al pueblo y entre otros desórdenes, el gerente de La Anónima, Víctor Rodrigo, tuvo que vestir, a cuenta de la casa y por la fuerza, a todos esos hombres. Había confusión porque ni siquiera se reconocían entre ellos mismos y ante cualquier duda se liquidaban, y otros aprovecharon para vengar en el pueblo los resentimientos particulares.

La tropa de carros
Más adelante Federico llegó a contratar carros, equipos de animales y enseres, para formar una tropa completa de carros grandes con lonas. El decía que su aspiración era: “trabajar, cumplir, servir y ser útil”. La tropa de carros tirada por caballos y mulas llevaba los fardos de lana de las estancias de la zona de Las Heras, Perito Moreno y La Pellegrini, hasta la estación del ferrocarril de donde partía el tren carguero a Puerto Deseado. Era ver la cola de vagones cargados de fardos de lana, producción de muchísimas estancias que estaban en actividad. Luego esos mismos carros regresaban a las estancias con los víveres para varios meses, permitiendo pasar el invierno bien provisto. Los viajes seguían también en los inviernos que eran muy nevadores. Pasaron los años y llegó el momento en que los primeros camiones empezaron a reemplazar a los antiguos carros. Federico trabajó durante veinticinco años con una tropa de diez a doce carros, llevando en cada travesía hasta 30.000 kilos de carga.
Su tropa ocupaba a diez “manejantes”, un marucho, que era un muchachito que hacía de cadete; un mansero, que era el que reunía a las mulas en la mañana y que mandaba si faltaba el patrón, también compraba los víveres y era quien ordenaba las tiradas y paradas para descansar. 
Cuando el mansero acercaba las mulas a los carros, todos tenían la obligación de ponerse de pie. La mitad de los carreros atajaba los animales haciendo una especie de cerco y la otra mitad agarraba las mulas y les ponía el bozal. Luego seguía la tarea de aperar, que era poner los arneses. Empezaban con los peleros que eran los primeros cueros sobre el lomo del animal, después se acomodaba el varero y se ensillaba. Cuando estaba todo listo el capataz tocaba la corneta y los carros se ponían en marcha. Cuando llegaba la hora de almorzar se buscaba un dobladero, que era un reparo a la vera del camino, entonces, uno a uno, los carros iban saliendo del camino para quedar en dos filas: del 1 al 5 y al lado, del 6 al 10. Esta disposición era muy importante, porque en la siguiente tirada arrancaba en primer lugar el carro 6 y así sucesivamente, logrando un esquema similar al vuelo de los pájaros en bandadas, para que los carros punteros fueran descansando.
Para el almuerzo estaban los encargados de buscar la leña y el agua para que el cocinero hiciera “el rancho”, la comida. Federico era el patrón y cuando llegaba al dobladero, mientras los demás hacían la comida, desensillaba la mula y se tiraba a descansar una hora antes del almuerzo, hasta que le gritaban “¡A comer!” y se levantaba repuesto, porque decía que si se recostaba después de haber almorzado, se despertaba con pereza y pesadez.
Una de las tantas anécdotas que recordaba era la del dentista. Entre los peones había un hombre que hacía de bufón y lo llamaban “el dentista” por su habilidad para curar esos males, además de las verrugas. Pasó que un peón no podía andar del dolor de muela y el dentista le dijo que cuando llegaran al dobladero tendrían que sacarla. Una vez que estaban acampando, el dentista le ató un hilo desde la muela enferma hasta el pie del fulano y le dijo: “Tiras despacio del hilo y cuando notas que duele aflojas”... La peonada atenta rodeó el fogón y el enfermo tiraba despacio y aflojaba tal como le habían indicado. El dentista observó que el hilo era fuerte y de pronto tomó un tizón de brasa ardiente de la fogata y lo acercó de golpe a la nariz del paciente. El pobre se apartó hacia atrás, con miedo a quemarse y la muela en cuestión, salió limpita sujeta al hilo.
En 1939 Federico Saissac pasó con sus carros por un campo camino a Perito Moreno y conoció a las familias Palacios, Montenegro y Ramírez, que estaban poblando los lotes 48 y 49 de la Colonia Leandro N. Alem. Ellos querían abandonar el lugar y radicarse en Perito Moreno, entonces hicieron un trato. Federico les compró las mejoras y solicitó el campo a la Dirección Nacional de Tierras y Colonias, bautizando a la estancia: “Pampa Verdun”, en alusión a una batalla francesa que había oído mencionar a su padre. Compró sus primeras ovejas en la zona de Río Mayo, convirtiéndose en próspero ganadero. 
(En 1944 Federico Saissac se casó con Leonor Mansilla y fueron naciendo sus hijas: Honoria Victoria, María Teresa, María Rosa y Sonia).
Domingo 14 May 2017