Domingo 2 de Diciembre de 2012
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Jerónimo Zuvic
Un viaje a Croacia para emocionarse
Hace algunos días el vecino Jerónimo Zuvic regresó de su viaje a Croacia donde tuvo oportunidad de conocer en la Isla de Brac los pueblos donde nacieron y vivieron sus padres antes de que emigraran. Entre fines del siglo XIX y principios del XX, cientos de croatas llegaron a Santa Cruz como también lo hicieron a Magallanes, formando importantes colectividades y muchas familias quedaron emparentadas a pesar de vivir en distintos territorios. En un viaje cargado de emoción, Jerónimo visitó, entre otros, el pueblo Donji Humac de donde era oriunda su madre y Dracevica, el de su padre.
Domingo 25 Nov 2012
Jerónimo Zuvic, Katiza Simunovic y el cura del pueblo, Donji Humac, Brac.

Jerónimo Zuvic, Katiza Simunovic y el cura del pueblo, Donji Humac, Brac.

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Una breve historia familiar
Mis abuelos Josif (José) Zuvic y Kata (Catalina) Simunovic eran de Dracevica, Isla de Brac, Croacia. Ellos tenían cinco hijos: Santiago, que nació en 1889; Franka, en 1891; Jerónimo, en 1893; Jele (Elena) en 1896 e Iván (Juan), mi padre, que nació en 1899. En 1902 el abuelo quedó viudo y en 1905 volvió a casarse con Kata Eterovic y tuvieron seis hijos: Antonia, Pedro, José, Cecilia, Perina y Marisa.
Ellos se dedicaban al cultivo en un suelo pedregoso que es el típico de la isla y para eso tenían que correr infinidad de piedras blancas y apilarlas en montañas para contar con un pedazo de tierra donde cultivar. El burro era el medio de locomoción. Era una vida muy dura, por eso muchos empezaron a emigrar.
 
En 1924 el tío Santiago Zuvic-el mayor de los hermanos-fue el primero de la familia en tomar la decisión y dejar la Isla de Brac para emigrar a América. Estuvo primero en Punta Arenas donde se movilizó para que vinieran algunos de sus hermanos menores. Un tiempo después se trasladó a Río Gallegos donde tuvo un taller de reparación de calzado. En la calle Roca el tío Santiago alquilaba dos piezas de una pensión vecina al almacén de Proso. Allí vivía y tenía la reparadora de calzado. Más adelante se casaría con Tránsito Gallardo. 
En 1926 vendrían sus hermanos Juan y Jerónimo, además de un primo, Tomás Simunovic. Ellos al principio se dedicaron a hacer pozos de agua en las estancias. 
Más adelante, a fines de los ´30, Santiago Zuvic se trasladó a San Julián.
En esa época a los yugoeslavos los llamaban “austriacos” porque Croacia había pertenecido al imperio Austro Húngaro. 

El tío Jerónimo, buscador de oro
Jerónimo luego se estableció con un rancho sobre la costa atlántica de la sección “Gap” en la estancia “Cóndor”. Creo que la subprefectura lo autorizaba, pero la estancia le ponía las condiciones: no podía tener perros aunque sí caballos que solamente pastaran alrededor del rancho. 
Ahí se dedicó a buscar oro, tenía su huerta a un lado de su vivienda y además era quintero de la sección-que le quedaba a un kilómetro y medio-y trabajaba para la estancia durante la esquila de ojos y la señalada. 
Hacía la castradita con carne de capón y lo mismo con el róbalo para tener reservas de comestibles. El tío, vuelta a vuelta, nos mandaba de su quinta repollos de cuatro kilos, papas, remolachas y nabos. En invierno ponía trampas y zorreaba porque la piel del zorro gris como la del colorado se vendía muy bien al igual que las plumas de avestruz. Un mercachifle que le compraba las pieles y las plumas era Kovasic, pero el oro lo negociaba con los joyeros que tenían balanzas de precisión porque los bolicheros del pueblo tranfugueaban a los buscadores. En aquel tiempo había un tal Andeón que tenía un local de joyería en Alberdi y España. 
El trabajo como buscador de oro era muy duro, sacaban granitos del metal como azúcar y después los calentaban dentro de una lata sobre la plancha de una estufa y lo volcaban rápidamente dentro de un trapo mojado donde se hacía la bolita de oro... Una manera casera de fundirlo.
En esa temporada era de quedarse algunos días con nosotros y para eso se venía de a caballo derecho de Gap a Punta Loyola, haciendo cuarenta kilómetros y después de Loyola al pueblo, otros cuarenta kilómetros, es decir que salía a la madrugada y llegaba a las seis de la tarde. En casa acostumbraba a sentarse cerca de la estufa de la cocina y se la pasaba tomando mate, conversando con mis padres. Otras veces los buscadores de oro venían en el Ford A de “Chalía” Bórquez que hacía el correo hasta la estafeta de Cabo Vírgenes. 
El auge del oro atrajo a muchos paisanos como un Stipicic, que fue el que más oro sacó, creo que medio kilo; Santiago Scepanovic, que después fue taxista en Gallegos; Dubravcic, que luego se radicó en San Julián; Esteban Vidakovic, que fue sereno de Sados; Filipovic, que era un ruso que vivía en un rancho vecino al colchonero Carelli; Pavic, que fue sereno del frigorífico; Bodlovic, que se estableció en Calafate y los Draguisevic que después vivieron en Gallegos y fueron albañiles en el campo. 
Mientras los Draguisevic vivieron en Gap tuvieron quinta y venían al pueblo para vender verduras a los Markic que tenían negocio.
El tío Jerónimo y los Draguisevic fueron los últimos buscadores de oro en la costa. El murió en 1962. 
Juan, carpintero

Mi padre al principio trabajó en lo que se le presentaba y como tenía conocimientos de carpintería se dedicó a ese oficio levantando galpones y casas tanto en el pueblo como en las estancias. En el comienzo lo acompañaba en el trabajo su hermano. 
Tenía su cajón de herramientas y venía a buscarlo el camión de la estancia que lo contrataba para hacer algún trabajo.
En 1927 llegó a Gallegos su prometida Ana Jaksic, junto con su hermano Jerónimo Jaksic y sus primas Catalina y Franka Eterovic, que fueron a Villa Mugueta, una colonia de croatas en la provincia de Santa Fe. 
Mamá era hija de Ante Jaksic y Jeli Restovic, todos de Donji Humac, Isla de Brac. 
El 26 de julio de 1928 se casaron y celebraron la boda en la casa de otros Zuvic con los que no eran parientes. Estos vivían en calle Don Bosco, vecinos a los Martínez, entre Salta y Santiago del Estero. Este Juan Zuvic-que no era familiar nuestro-trabajaba en el frigorífico Swift. 
Mis padres vivieron con ellos durante un tiempo y después alquilaron una casa que estaba al fondo del hotel “Cóndor”, de los Tadic, en Roca y Estrada.
Más adelante a esta familia Zuvic se les quemó la casa y entre los paisanos croatas ayudaron a levantarle una nueva. 
En esa época funcionaba el Club Yugoeslavo en el primer piso de un viejo edificio de calle Roca, entre Chile y Tucumán, frente al Colegio María Auxiliadora. Abajo estaba la fotografía de Francisco Ramos. Yo tenía seis años cuando lo desarmaron.
En 1929 nació mi hermano Juan; Antonio en 1931 y Catalina, en 1932. Más adelante se mudaron a calle 25 de Mayo, alquilando una casita de dos aguas al lado del Escritorio Elbourne. Allí nació María, en 1934. En ese entonces ya tenían el terreno de calle Alvear (entre 25 de Mayo y Chile) donde mi padre fue levantando su casa propia y ahí nací yo (Jerónimo), en 1936; Rosa, en 1937; Roberto, que falleció siendo niño; Elena, en 1944 y Ana, en 1946.

La infancia 
En casa se cuidaba el peso porque en invierno a mi padre casi no le salían trabajos, pero como Jorge Zuvic (hermano del Zuvic de calle Don Bosco) era capataz de la barraca francesa, llamaba durante esa época a los paisanos que no tenían trabajo y los empleaba como jornaleros, quincenalmente. Ellos tenían que abrir los fardos de lana para controlar que no hubiera piedras o cascotes que algún piola metía para que pesaran más, después volvían a coser las arpilleras de los fardos.

Mamá se visitaba con los Rogulic, las Pavlov y la familia de Jorge Zuvic. Estos Zuvic vivían sobre calle Piedra Buena en una casa que construyeron: Danko Rosic, que hizo la parte de mampostería, y papá que hizo la carpintería del techo y cielorraso. 
Me acuerdo del domingo cuando íbamos a la casa de estos Zuvic, su hijo Juan nos preparaba pastelitos porque éramos más chicos.
La señora Pavlov y su hija habían ido de Ushuaia a Punta Arenas y después se mudaron a Gallegos donde ambas fueron costureras. En estas reuniones todos hablábamos el croata. El idioma luego lo fuimos perdiendo en la escuela y mientras jugábamos con los otros chicos que eran de otras colectividades. Un juego común era el fútbol con una pelota de trapo y calzando las alpargatas “bigotudas”. En verano nos tenían que llamar a cenar porque seguíamos jugando y no nos dábamos cuenta del horario. Una vez a la semana nos bañábamos en el fuentón y nos cambiábamos de ropa. Era otra vida y la de la mayoría. Mamá nos remendaba la ropa y se pasaba el día con las tareas de la casa. Mis viejos…no recuerdo que hayan ido a un baile. 
En 1959 mi padre dejó de trabajar como carpintero y entró en Vialidad Provincial donde se jubiló. El murió en 1977 y mamá al año siguiente.

El viaje a Croacia
Mi viaje a Croacia fue como un berretín …Me gustó siempre colaborar en el Centro Croata que-si bien ya no tenía sede-funcionó hasta los años ´90, organizando reuniones anuales que muchas veces hacíamos en el salón del Rotary.
Me encontraba y conversaba con Bronzovic, Zemunic, Bodlovic o Bertossa que habían viajado alguna vez y me decían: “¡Vos también tendrías que ir!” y se me caían las lágrimas. Me organicé y este año decidí viajar. 
El 24 de septiembre salí de Buenos Aires y llegué al aeropuerto de Frankfurt, Alemania. En el momento de hacer los trámites en las ventanillas nadie hablaba castellano, solamente alemán o inglés, pero por suerte un empleado de Lufthansa-que era italiano y antes había trabajado en España-me ayudó a desenvolverme, pero había demorado tanto tiempo que perdí mi conexión a Split. Igualmente me lo solucionaron y el mismo 25 volé a Zagreb y de allí a Split, solamente que el viaje que iba a ser directo, llevó unas horas más.  
Una vez en Split me alojé en un hotel, conocí el casco histórico donde diariamente se organiza una feria. Al día siguiente me contacté con Claudia Milicevic y su esposo, Juan Pedro Manrique, que vivieron en Chile y ahora están viviendo allá. El cónsul de Punta Arenas me facilitó su dirección. El idioma que tenía medio dormido desde la infancia, poco a poco volvía a despertar.
El 26 viajé en ferry a Supetar para después ir por tierra a Donji Humac, el pueblo de mi madre. Me bajé del ferry y varios choferes de taxi se ofrecieron a llevarme. Yo sabía que había diez kilómetros hasta Donji Humac. Había diferencia entre lo que me pedían tres choferes. Uno me dio una tarifa baja, pero su hijo le cuestionó que cómo iba a hacer un viaje por tan poco, entonces le dije en croata: “Mirá, conozco tu negocio porque yo también me dedicaba a lo mismo…Y cuando era chico hablaba croata mejor que vos”.  
Una vez en Donji Humac pedí que me dejara en la casa de los Raquela, parientes de los Raquela de Río Grande y de los Dragnic de Río Gallegos. Me atendió una señora y su hijo que estaba haciendo vino. Me ofrecieron algo de tomar porque hacía mucho calor y el hijo después me llevó a un buen hotel.
El dueño de este hotel me dijo que iba a venir el cura para conversar conmigo y trajo el libro de la parroquia con los nacimientos, casamientos y fallecimientos de todos los vecinos, entonces me facilitó todos los datos de mi familia, muchos que yo no tenía. 
El 28 el dueño del hotel viajaba a Dracevica-el pueblo de mi padre-para comprar vino para el restaurant, entonces se ofreció a llevarme. 
Allí también conocí a Katiza Simunovic de Lauric, que hablaba español y me ayudó bastante para manejarme en el lugar. Me llevó de casa en casa presentándome a los vecinos del pueblo. Me orientaron sobre cuál podía ser la casa de mis abuelos donde se crió mi padre, pero estaba en ruinas. Eran construcciones de dos plantas hechas de piedra y con techos de tirantes de madera y tejas también de piedra. Abajo estaba la cocina y el establo para los animales y arriba los dormitorios. 
A una prima, Ana, no pude conocerla, pero después me escribió una hermosa carta.
El 29 fui a Supetar y después a Pucische donde estuve tres días. Al día siguiente salí a caminar y me encontré con un grupo de muchachos que cantaba en la mesa de un bar, entonces les pregunté qué festejaban y me dijeron que San Jerónimo, casualmente mi onomástico. Me invitaron a tomar un trago, compartí un momento, tomamos vino blanco bien frío, pagué lo mío y continué caminando.
Allí me contacté con los Martinic, primo de Jorge Martinic, un amigo que vive en Chile. Me llevaron a su casa donde también daban hospedaje. El hombre se dedica ahora a comprar uva y preparar vino para la venta. Al final del primer día hablamos por teléfono con Jorge desde la casa de su primo. Me parecía increíble. 
El día que dejaba la ciudad no quiso cobrarme la estadía y después no pude encontrarlo, pero busqué a la esposa que venía de comprar el pan y le insistí, dejándole el dinero en el bolso de las compras y agradeciéndole su atención. 
El 1 de octubre volví a Donji Humac, pero por otro camino para conocer Bol, pasando por Praznice y Gornji Humac. 
Antes de marcharme invité a almorzar a todos los que colaboraron conmigo y amablemente vinieron cinco a quienes agradecí por todas las atenciones.
El 6 de octubre viajé a Split y me encontré con un primo, Kuzma Zuvic, que es hijo de Pedro Zuvic, un hermano menor de mi padre ...Otra emoción.
El 8 viajé a Dubrovnik, luego de pasar por un control policial saliendo de Split porque después de la última guerra, Bosnia posee una franja de tierra que llega al Adriático. 
El 12 de octubre viajé a Frankfurt y al día siguiente regresé a Buenos Aires.
Este viaje no solo fue maravilloso por el hecho de reencontrarme con mis raíces y revivir tantos relatos de mis padres, sino que además quedé admirado de la manera en que viven. Me llamó la atención el orden y la limpieza, el tránsito, la educación y el respeto por el otro. Mi consejo a quienes tienen su historia por esos lugares, que se animen a viajar porque no se van a arrepentir.

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Por Pablo Beecher
Domingo 25 Nov 2012