Jueves 26 de Abril de 2012
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Pablo Beecher
Un nuevo libro en plaza
“La comunidad española en Santa Cruz 1884-1970”
El último viernes se presentó en Casa España el libro “La Comunidad Española en Santa Cruz 1884-1970” auspiciado por la Asociación Española de Socorros Mutuos de Río Gallegos. En esta obra se refleja la presencia hispana desde la conformación del territorio, además de su protagonismo a lo largo de la historia tanto en el campo como en los incipientes poblados. El libro -que desarrolla los aspectos sociales, económicos, políticos y culturales de la colectividad europea más numerosa en la historia de la provincia- contiene un sinnúmero de relatos familiares y más de 200 ilustraciones entre fotografías y documentos.
Miercoles 10 Dic 2014
Tapa del libro.

Tapa del libro.

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¿Cómo nació la idea de hacer un libro?
Este último libro nació de la propuesta que le llevamos, dos años atrás, al profesor Emilio García Pacheco que en ese entonces era el presidente de la Asociación Española de Socorros Mutuos, comúnmente llamada ‘Casa España’. Habíamos presentado en 2011 el libro que nos encomendó dos años antes el Club Británico por su centenario -“Cien años del Club Británico de Río Gallegos. Los Británicos en Santa Cruz. 1911 - 2011”- y nos entusiasmó la idea de realizar una investigación de otra de las colectividades más numerosa, e importante, de Santa Cruz. En nuestra propuesta esbozamos los temas, que podrían luego transformarse en capítulos, que tenían que ver directamente con la participación de los españoles en distintos momentos de la historia regional.
El período que elegimos para desarrollar nuestra exposición tiene que ver con la conformación del Territorio Nacional de Santa Cruz y el inicio de su vida institucional y promoción de su ocupación -1884- y como cierre elegimos el año 1970, puramente “simbólico”, ya que consideramos que a partir de esa década ya no se puede hablar de “comunidades nacionales” sino que todos los aportes migratorios confluyeron -muchas veces por los matrimonios- en la creación de una Provincia que tiene como rasgo distintivo el ser “tierra de migrantes” tanto los pasados como los que siguen, aún hoy, arribando a la región. Asimismo, muchos inmigrantes volvieron a España, después de varias décadas de haber partido, esperando encontrarse con lo que habían dejado atrás, pero se dieron cuenta de que “nada era lo mismo” y que su verdadero lugar era definitivamente esta tierra.
La Comisión Directiva, analizó el proyecto, lo aprobó y comenzamos la investigación. Al igual que en el libro mencionado con anterioridad sugerimos al diseñador gráfico Leandro Correa como diagramador porque confiamos en su labor. El primer borrador estuvo a consideración, para su lectura, revisión y aportes, de los integrantes de la Comisión, especialmente Eduardo Rodríguez, que fuera presidente de la misma. Además, a título personal, elegimos a un grupo de integrantes de la comunidad española -Dora Martínez, “Tata” Guirado, Alicia Alonso, “Noni” López, Héctor Ajís y Ernesto Susacasa- para que cumplieran esa tarea mencionada y, con sus aportes totalmente desinteresados, pudimos enriquecer el material. 

¿Cómo trabajaron en la elaboración de este libro?
El hecho de contar con alrededor de quinientas entrevistas familiares realizadas en toda la provincia -durante los quince años que se extendió el Suplemento Dominical en La Opinión Austral- nos permitió manejar un vasto registro de información de primera mano. De hecho, muchos de esos informantes eran nacidos en España o bien el relato lo hicieron los hijos o nietos de españoles. Entre tantas historias familiares se dividen los relatos de los que se dedicaron al campo y los que tuvieron desempeño en los poblados donde fueron comerciantes, profesionales, gente de oficio o empleados. 
A estas valiosas fuentes primarias les sumamos las investigaciones realizadas por historiadores locales sobre diversas temáticas en las cuales estuvieron implicados los españoles, la prensa santacruceña y los estudios realizados sobre la comunidad española a nivel nacional.
Es de hacer notar que esta obra cuenta con un valioso aporte fotográfico -alrededor de doscientas imágenes- aportado, casi excluyentemente por los archivos familiares que conservan fotos muchas veces inéditas. Queremos destacar que fue gracias al aporte de muchísimas familias de toda la provincia que pudo conformarse la parte testimonial e ilustrativa de esta obra.

¿Cómo llegaron los primeros españoles?
La emigración española formó parte de un flujo mucho más vasto que incluyó a más de cincuenta millones de europeos y diez millones de asiáticos durante la segunda mitad del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX. La emigración fue parte de un proceso mundial caracterizado por la modernización capitalista, la revolución demográfica, la industrial y de los transportes y el desarrollo del liberalismo como ideología dominante ya que el concepto liberal de la libertad individual fue importante para la emigración, particularmente en lo referido a la libertad de movimiento. En esa época se hablaba de “fiebre, plaga, contagio” de la emigración para describir el fenómeno que se estaba dando en la mayoría de los países europeos y que se propagaba espacialmente de una manera similar a las enfermedades infecciosas difundiendo información y comportamientos. La emigración no fue una consecuencia del “atraso” sino de la “modernización” que traía miseria para muchos, oportunidades para otros y perturbación, movimiento y dinamismo para muchos más. La emigración fue un proceso global, pero también local, que emanaba de la aldea, del pueblo y que se organizaba a través de redes sociales primarias de paisanos y parientes.
La emigración española a América durante la época contemporánea surgió como fruto de los grandes procesos de cambio estructural derivados del desarrollo del sistema económico capitalista y de la ampliación a nivel atlántico de un mercado integrado para diversos tipos de bienes y de trabajadores. Como consecuencia de los cambios estructurales -modernización demográfica, liberalismo, desarrollo agrícola, industrialización, modernización de los medios de transporte- que estaban produciéndose a ambas orillas del Atlántico y del establecimiento de redes micro sociales que encauzaban y popularizaban la difusión de comunicaciones trasatlánticas, las sociedades europeas y americanas estuvieron en condiciones de complementarse, integrándose en un mercado trasatlántico de mano de obra. La demanda, o atracción laboral americana, constituyó el factor necesario y determinante en el desarrollo de los diversos flujos migratorios trasatlánticos europeos, siendo necesario el establecimiento de cauces migratorios que posibilitaran el encarrilamiento de los emigrantes en determinados rumbos, en distintos momentos de arranque y con variados métodos de financiación del transporte. 
La “escala regional” es casi perceptiva en el caso español debido a que la nación española se hallaba a principios del siglo XX mal integrada todavía y la modernización no había llegado a todas partes. Los puertos fueron los grandes centros de selección y redistribución de la población disponible y, para muchos emigrantes, fueron su primera experiencia urbana. Los migrantes preservaron los vínculos tangibles o simbólicos con las regiones de las que eran originarios. El migrante incidió en la sociedad que dejó atrás: por su ausencia y por las remesas de dinero enviadas que crearon en ellas una red financiera hasta ese momento desconocida y que promovieron el desarrollo agrícola y aumentaron el valor de la tierra. Desde comienzos del siglo XX los emigrados ausentes -y al mismo tiempo “presentes”- fueron un factor de modernización de sus lugares de origen y por sus actividades de beneficencia suplieron al ineficaz Estado español. Por otro lado, esa distancia geográfica los alejaba de los conflictos internos y reforzaba en ellos el amor a la familia y la patria lejanas. Argentina recibió más inmigrantes que Brasil, Cuba y Uruguay -hasta un millón y medio- contra el medio millón de los demás. 
Desde el punto de vista legal podríamos afirmar que la emigración española hacia América se desarrolló dentro de una legislación -desde 1853 a 1907- que intentó restringir los embarques al dificultar la documentación requerida, prohibiendo la expatriación libre de los jóvenes llamados a filas y tutelando o complicando la salida de mujeres y menores de edad. La confrontación entre el restrictivo marco legal español y el “liberalismo” de las legislaciones migratorias rioplatenses generó un ámbito propicio al desarrollo de prácticas fraudulentas y clandestinas de embarque ya que no sólo escaseaban los medios para aplicar los controles migratorios españoles sino que era frecuente la connivencia y negligencia de las autoridades encargadas de hacer cumplir las normas que eran frecuentemente influenciadas por las empresas intermediarias del tráfico migratorio. 
Hasta 1860 la emigración española a la Argentina provenía de una docena de provincias que contenían menos del 30% de la población nacional pero suministraban más del 95% del éxodo. Desde estos tempranos focos la “fiebre” se propagó lentamente hacia el interior. Para los comienzos de la Primera Guerra Mundial el grupo de provincias adyacentes a las pioneras suministraba ya el 28% del flujo, cifra que excedía su proporción de población nacional que era del 23%. Las veintiséis provincias que se agregaron al proceso con más retraso -que eran el 46% de la población nacional- proveían el 26% de los emigrantes. Aunque desde fines del período colonial los gallegos eran el principal grupo ibérico en Argentina solamente las dos provincias atlánticas- Coruña y Pontevedra- proveían de migrantes y allí sólo algunas comarcas especificas. Pero el contagio se produjo lentamente hacia las provincias interiores y a fines de la década de 1920 Orense y Lugo que tenían el 40% de la población gallega proporcionaban el 47% de los migrantes gallegos hacia la Argentina. 
Este proceso de difusión cuestiona la interpretación global del “push-pull” de la emigración ya que la pobreza, la falta de oportunidades económicas, la conscripción militar, la corrupción política y muchos males más afectaban a toda España por igual. Lo que los lugares de migración temprana tenían en común era una situación estratégica en las vías de comunicación y transporte y muy cerca de los puertos marítimos. Pero más importante que esta cercanía era el hecho de contar con información, a través fundamentalmente, de contactos personales: marinos y comerciantes y, en el caso de Navarra a través de los vascos franceses que habían recibido propuestas migratorias de parte del gobierno argentino. Asimismo, quienes migraban hacia América eran hijos de migrantes internos por lo que sus lazos familiares en España no se restringían a sus pueblos natales sino que emanaban hacia lugares distantes donde vivían sus familias. La información se diseminó de manera íntima y oral a través de medios tan variados como los cuentos de los arrieros, jornaleros o vendedores ambulantes, los alardes de los indianos, las “cartas de América” que se leían en voz alta y pasaban de mano en mano, las visitas de familia, los chismes en las tabernas e iglesias, las fábulas y coplas folklóricas. La información se diseminó y aumentó, Buenos Aires llegó a hacerse más conocida que muchas ciudades de España. La familiaridad con los lugares americanos promovió la práctica de la emigración que dejó de ser -inicialmente- una idea descabellada, para pasar luego a ser una aventura riesgosa y finalmente convertirse en una práctica común y esperada, casi un “hábito”.
Los españoles tomaban la decisión de emigrar movilizando los recursos que tenían a su alcance para reducir los riesgos aunque la incertidumbre y el riesgo eran permanentes. Para contrarrestarlos utilizaban los recursos que poseían: el conocimiento del mercado de trabajo al que arribarían, la movilización de sus recursos económicos y relaciones sociales -casi todos los emigrantes compartían, en mayor o menor medida, el hecho de tener familiares, amigos, vecinos o socios en América-, la acumulación de experiencias de su colectivo -el capital social- y las experiencias personales para emprender la aventura. 
En el proceso de las migraciones masivas de españoles hacia América, y específicamente hacia la región austral, dos fueron los factores que mayor importancia tuvieron como fuerza de empuje. En primer lugar las “cadenas migratorias o de llamado”, concepto proveniente de la sociología y que tuvo similar importancia en todos los grupos migratorios independientemente de su nacionalidad. 
Y, en el caso de que nos ocupa de los españoles, hay un segundo factor de importancia -y distintivo de esta comunidad- como fue la decisión de escapar del alistamiento militar lo que significaba ser enviado a la guerra que mantenía España en Marruecos y, más focalizado en el tiempo, la Guerra de Cuba a fines del siglo XIX. Esta situación de “ilegalidad” provocó en los emigrantes la imposibilidad de regresar por muchos años a su tierra natal.
Las cadenas de llamado cumplían diversas funciones: proporcionaban información sobre las posibilidades laborales del país de destino que se volcaba en general en las cartas que atravesaban el Atlántico y, más raramente, en los relatos personales de los que regresaban para visitar a sus familiares o radicarse en forma definitiva. Y una vez producida la migración, conformaban redes sociales de acogida que podían consistir en la colaboración para conseguirle un trabajo al recién llegado, el proporcionarle las recomendaciones requeridas por los empleadores, el alojamiento en la vivienda familiar y hasta el empleo en los propios emprendimientos económicos. 
Por este motivo los testimonios de los migrados a Santa Cruz vivencian que, si bien la migración era una actividad individual, el que migraba no lo hacia “solo” sino inserto en una red que frecuentemente se había ido conformando con anterioridad por quienes habían partido precedentemente -familiares o habitantes del mismo pueblo- y en la cual colaboraban activamente quienes quedaban en la patria lejana, predominantemente mujeres, niños y ancianos. La efectividad de la cadena de llamado tuvo ejemplos muy particulares como la familia Fueyo, en la cual Alfredo, nacido en Baiñas (Oviedo, Asturias), llegado en 1897, fue llamando a sus siete hermanos que, luego de una breve estadía en la localidad de Puerto San Julián, se trasladaron a trabajar en la zona rural donde Alfredo, en 1917 pobló su primera estancia “San Pedro”. El proceso, que se extendió hasta el año 1924, incluyó también al padre de familia que, ya viudo, llegó a San Julián en 1921. 

¿De qué manera fueron insertándose?
En la Argentina una combinación de subdesarrollo institucional y espacio político modelaron significativamente la vida asociativa de los inmigrantes europeos. Ni el Estado liberal ni ninguna otra institución criolla disponían de los recursos o de la voluntad por satisfacer muchas de las necesidades sociales de los recién llegados. Al mismo tiempo la actitud de “laissez faire” del gobierno proporcionó a los inmigrantes el espacio necesario para establecer sus propias instituciones proveedoras de servicios. 
Las numerosas Asociaciones realizaban múltiples actividades en las cuales se evidenciaba la continuidad de la pertenencia a la patria abandonada como al nuevo país de radicación. Actividades como las romerías, verbenas y las zarzuelas eran el ámbito preferencial para la exaltación del “ser español”. Esta pertenencia era reforzada por actividades concretas como las colectas en ocasión de catástrofes naturales de la península o guerras como la de Cuba que les permitió exaltar el patriotismo y lo ibérico y también se hacían presentes actividades reivindicativas como en ocasión del asesinato de Callejas y Ferrer. El ideal patriótico español impregnó también las relaciones con la sociedad nativa; la mutua participación en las respectivas celebraciones patrias no era entendida como un mero acto protocolar sino que eran alegorías cargadas de sentido en las que lo que estaba en juego era la legitimidad misma de las representaciones.
Las instituciones fundamentales en la inserción de los recién llegados fueron las Sociedades de Socorros Mutuos que pueden ser definidas como ‘asociaciones de obreros y empleados o de unos y otros conjuntamente, que se proponen fines de previsión bajo el principio del seguro mutuo y que añade a éstos la ayuda fraternal y colectiva para la elevación social, material y moral de sus propios asociados’. Estas Sociedades mutualistas no se limitaban a proteger al trabajador en caso de enfermedad y muerte sino que perseguían otros fines: la desocupación, inhabilitación física, nacimiento, vejez y también la alfabetización y la formación profesional. El mutualismo pretendía sustraer al trabajador de la mendicidad integrándolo en la sociedad del siglo XIX promoviendo los inicios de su vida en una comunidad organizada y preparándolo para ingresar en el Estado. La Sociedad Mutualista, cuya vida interna esboza un ideal de sociedad alternativa, se regía por las normas de la democracia: los cargos eran temporales y electivos, las decisiones tenían que ser refrendadas por la asamblea de socios donde la votación era secreta; las decisiones eran tomadas por mayoría, los informes y balances eran públicos. Sin embargo, a pesar de que los estatutos consagraban los principios democráticos de la libre accesibilidad a los cargos por parte de todos sus socios y del derecho de cada uno de ellos al voto, la realidad de estas asociaciones muestra que no todos los socios participaban en las deliberaciones que muchas veces quedaban concentradas en sus elites. En igual sentido, si bien los estatutos negaban la participación política en su interior, numerosos conflictos surgían fundamentalmente por problemas suscitados en la sociedad de origen de los emigrantes. 
La Asociación Española de Socorros Mutuos de Río Gallegos, ‘Casa España’, fue la que alcanzó la mayor importancia en el Territorio de Santa Cruz y su recuerdo perdura en todos los miembros de la comunidad española. La reunión constitutiva de la Asociación se llevó a cabo el 2 de mayo de 1906 en el Hotel Argentino quedando conformada la primera Comisión; en esa misma asamblea se aprobaron los Estatutos y Reglamento de la sociedad. Como ocurría en la ciudad de Buenos Aires, la Asociación Española de Socorros Mutuos de Río Gallegos tenía un tratado de reciprocidad con las Asociaciones de españoles que tuvieran el mismo o análogo Estatuto y cuyos socios, previa solicitud, eran incorporados a la misma. Si bien esta Asociación tenía como uno de sus “mandatos” el no inmiscuirse en actividades políticas sus integrantes no pudieron sustraerse al clima conflictivo que provocaron las huelgas obreras de la década de 1920 y la Guerra Civil Española. Las divisiones son muy evidentes en las discusiones que se entablaban en las asambleas, las denuncias de los socios hacia medidas tomadas por los miembros de las Comisiones Directivas y, en casos más graves, directamente en la ausencia de los socios en las asambleas, los salones y las actividades sociales de la misma.
El edificio de la Asociación se construyó en el terreno donado por Filomena González viuda de Barreiro (madre de Luciano Carrera) en junio de 1909 ubicado en la calle Roca 866. La piedra fundamental se colocó el 12 de octubre de 1927. Eugenio Fernández decoró el interior del nuevo edificio de la Casa España y lo dotó desde las cortinas hasta el mobiliario completo. 
La Asociación Española de Socorros Mutuos de Río Gallegos y en especial las actividades sociales y artísticas por ella organizadas perduran hasta hoy en el recuerdo de los antiguos habitantes de Río Gallegos. Las actividades sociales eran variadas y diarias ya que independientemente de las grandes festividades -el Día de la Raza, el aniversario de la fundación de la Sociedad o las fiestas patrias argentinas- en las cuales se hacían los muy recordados bailes, los socios se reunían a jugar al codillo, el ajedrez, el tute, el mus, el truco y tomar un vermouth. 
Poco tiempo después, en las distintas localidades de Santa Cruz se fueron creando otras Sociedades de Socorros Mutuos, como la de Puerto Santa Cruz - 22 de agosto de 1909- y la de Puerto San Julián -año 1925-. 
Pero las redes de sociabilidad de la comunidad española no se limitaron a las Asociaciones de Socorros Mutuos, sino que se extendieron a la creación de centros étnicos como el Centro Gallego de Río Gallegos -agosto de 1927-, las diversas filiales de la Sociedad Rural -décadas de 1920 y 1930-, la Logia masónica “Rivadavia” (1920-1944) en la cual los españoles alcanzaron al 41,6% de sus miembros y los numerosos clubes, deportivos y sociales, en los cuales cumplieron una actividad destacada, siendo el Club Sportivo de Santa Cruz -fundado el 26 de mayo de 1911- el primer club de la Patagonia argentina. 

 ¿Existe mayor notoriedad de esta comunidad en el campo que en las localidades urbanas?
Los miembros de la comunidad española desarrollaron una amplia gama de actividades, tanto urbanas como rurales, en las que cumplieron un rol pionero que perdura en el recuerdo de los actuales habitantes de Santa Cruz.
El éxito alcanzado por muchos migrantes españoles en las actividades desarrolladas en los inicios de su radicación en el Territorio hizo que pudieran luego dedicarse a poblar campos y alcanzar la propiedad de los mismos. Pero el hecho de que lo hicieran en una etapa posterior a los británicos los colocó en una posición secundaria a pesar de la importancia alcanzada. 
Entre estas actividades, aquellas en las que alcanzaron una posición destacada fueron el comercio, la hotelería -tanto en las zonas urbanas como rurales-, los transportes -tanto urbanos como rurales-, el trabajo en la playa -tanto como pescadores como en la descarga de los buques y el transporte marítimo-, los negocios dedicados a la alimentación -panaderías y carnicerías fundamentalmente-, y el desempeño en pequeños comercios como los de costureras, sastres y peluquerías. 
Es de señalar que en muchos casos comenzaron su actividad siendo niños por haber muerto su padre o por las condiciones económicas del hogar. Estas actividades en ocasiones les impidieron continuar con la asistencia a la escuela y en otras complementaron, de manera práctica, lo que habían comenzado a aprender en las aulas. Asimismo, esos trabajos no siempre eran rentados ya que se los consideraba como un aprendizaje 
Dos ejemplos muy ilustrativos de la variedad de tareas que podía hacer un niño lo constituyen el de ‘Paco’ León y Jesús Rodríguez. El primero relata que “hice la escuela hasta cuarto grado y después salí a buscar trabajo. Ya en 1919, con diez años, era cadete del diario “El Nacional”, propiedad de Brisiguelli. Con el tiempo me hice canillita, a los doce años fui a trabajar por veinte pesos mensuales a la librería “La Comercial”, que era de Claudio Kirchner. Ahí mismo también funcionaba un estudio fotográfico y me tocaba apuntar los turnos de los clientes que se iban a tomar una foto. Iba a la mañana, volvía a casa para almorzar, regresaba a las dos de la tarde y me quedaba hasta las siete. Estuve dos años en la librería y como no me aumentaban el sueldo, me fui a trabajar de cadete a la tienda de Arcadio Álvarez y Félix Lovato”.
Por su parte relata Jesús Rodríguez: “a los once años salía a vender el diario ‘La Capital’, ‘La Unión’ y el periódico ‘El Heraldo del Sur’. Otras veces repartíamos los programas del Cine Colón y nos dejaban entrar a ver la película. Estuve como vellonero con la comparsa de esquila en varias estancias. Luego conseguí trabajo como aprendiz de sastre y más tarde comencé a trabajar en el almacén de los hermanos Markic. Hice de lavacopas en el Cine Colón y de guardarropas en los bailes del Centro Gallego para atender a mi familia porque era el hermano mayor”.
Para el desarrollo de la actividad comercial local de Santa Cruz durante la etapa de la región autárquica el mayor inconveniente fue el predominio de las grandes empresas mercantiles radicadas en Punta Arenas por lo cual sólo lograron prosperar algunas locales que eran fruto de la asociación de conocidos ganaderos. La ‘Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia’ había conformado un cuasi monopolio en la región magallánica y santacruceña. 
Los españoles llevaron a cabo emprendimientos comerciales de menor alcance en todas las localidades del Territorio con la modalidad de almacenes de Ramos Generales. Entre ellos podemos mencionar a Luis Noya, la sociedad Varela y Zabaleta, Manuel Fernández, Hermenegildo Cea, Tomás Posadas, Antonio Adrover y José González.
Como ocurría en la ciudad de Buenos Aires y otras localidades argentinas, los españoles desempeñaron un rol protagónico en el sector de los bares que se convirtieron en los lugares de reunión de la colectividad tanto de la ciudad de Río Gallegos como de la zona rural cuando visitaban el pueblo. Entre los bares se recuerdan el “Conin”, el “Oviedo”, el “Argentino”, “El Puerto, la “Díaz”, el “Jockey Club” y la Confitería “Carrera”.
Los miembros de la comunidad española cumplieron una actividad destacada en el rubro de la peluquería y, en el imaginario popular, se asocian indefectiblemente con la misma. Las peluquerías se convirtieron en ámbitos alternativos de sociabilidad. 
Lo mismo ocurrió con los talleres de modistas y sastres. Frecuentemente el ingreso en los mismos era entendido por muchos padres como la manera de darle una profesión a la hija con la cual podría luego independizarse y ganarse la vida. En la víspera de la temporada invernal había mucho trabajo porque los estancieros encargaban nuevas prendas y viajaban algunos a Buenos Aires con ropa gruesa para pasar el invierno y otros a Europa con ropa liviana para pasar el verano europeo. También se concentraban los pedidos un tiempo antes de las fiestas de gala o para los casamientos. 
Los españoles desempeñaron una labor destacada en las actividades relacionadas con la alimentación. Una de ellas, en que siguen siendo muy recordados, fue la del rubro de la panadería en el cual fueron mayoritariamente sus propietarios y trabajadores. Entre ellos podemos mencionar a Susacasa, Peña, Fernández y García. También se destacaron en las carnicerías en las que el reparto -en carros- era realizado por sus hijos.
La cría y faena de chanchos fueron actividades intrínsecas en las costumbres y la gastronomía española. Se confeccionaban en los hogares -de manera estacional y en forma comunitaria- el jamón crudo y las morcillas. El producto de la faena del cerdo se consumía en el ámbito familiar y compartía con los vecinos y amigos, pero también en algunos casos se vendía a los restaurantes de los hoteles y hasta en comercios como “La Anónima”, “La Favorita”.
Miercoles 10 Dic 2014