Viernes 6 de Julio de 2012
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Felicia Pérez y Sergio Muñiz
Un inmenso tesón perdurable (Primera Parte)
En 1939, Felicia Pérez vino de Punta Arenas a la estancia “Laguna Colorada”, invitada por Molly Keviny, la hija del administrador. Esta visita, casual, cambiaría su destino para siempre. Una recomendación accidental la llevó a trabajar en la estancia “Cabo Buen Tiempo”, primera experiencia de vida que la haría crecer de golpe. En 1941, Felicia se casó con el asturiano Sergio Muñiz, el capataz de esa estancia y al año siguiente decidieron radicarse en Río Gallegos, alquilando a los Jove el hotel “Covadonga” de la calle Roca.
Domingo 1 Jul 2012
Felicia Pérez, Esther Jara y su hijo Manuel con Galo Olavarría (cuñado de Felicia).

Felicia Pérez, Esther Jara y su hijo Manuel con Galo Olavarría (cuñado de Felicia).

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En Puqueldón
Mi nombre es Felicia Pérez Gallardo, nací el 9 de enero de 1913 en Puqueldón, provincia de Chiloé. Mis padres fueron Pedro Pérez e Isabel Gallardo, descendientes de españoles, gallegos y madrileños. Eramos nueve hermanos. La casa era de madera, con dieciocho metros de largo, levantada sobre grandes piedras, además estaba el “campanario” para los vacunos y los bueyes, la casa de trilla (donde se trillaba el trigo), el galpón de las ovejas, la casa de los chanchos y el gallinero. 
Mi familia poseía una extensión de ocho hectáreas, con vacas lecheras, bueyes y caballos, además de cerdos y aves. Había siempre leche fresca, pero si la vaca estaba por parir, ordeñábamos las ovejas. Me gustaba andar a caballo, vestía poncho, sombrero y hasta espuelas. Tenía un alazán que ensillaba en la cocina, le daba zanahoria que le encantaba. 
A los bueyes los enyugábamos para salir con la canoa y así juntar el abono para sembrar. Una canoa es un tronco ahuecado que sirve de contenedor, como la caja de una carreta. Allí se llevaban las herramientas, grandes rastrillos de madera para romper los terrones, después de haber pasado el arado de una hoja a pulso, tirado por una yunta de bueyes. 
Una vez que se cosechaban las papas, sembrábamos el trigo que se cosechaba en marzo, haciéndose las trillas con las máquinas, después se muele en molinos de piedra y luego de dos o tres pasadas, zarandeando y a hacer el pan. 
Además sacábamos porotos pallares, porotos de mata, lentejas, frutillas y todo tipo de verduras. Me acuerdo que para cada trabajo de la tierra se seguía la luna, y si andaba por el campo, el sol me daba la hora. 
En la faena del cerdo sacábamos jamones, chorizos, longanizas y queso de chancho.
Entre los vecinos nos arreglábamos con las cosechas de una parcela a la otra. 
El clima es húmedo y lo bueno es que no es necesario regar porque el rocío de la noche es suficiente. Todo lo que se producía era para consumo familiar, nada se vendía afuera. 
Mi padre era marino y hacía la carrera de Punta Arenas hasta Valparaíso, ganaba muy bien. Eran tres días de viaje de Chiloé a Punta Arenas y pasaba por el Golfo de Penas, que es un mar bravísimo. 
Mi madre era modista y sastre a la vez, hacía los briches de lana, además de atender la casa y a su familia… Una mujer orquesta.
Mi padre volvía de Punta Arenas a Castro y mamá le hacía algún pedido, y cuando venía de Valparaíso traía fruta y mamá iba a Castro a buscarla, especialmente naranja, peras y bananas porque los frutales que teníamos no alcanzaban a madurar, faltaba el calor.
El mar quedaba a media hora de la casa y teníamos un bote. El pescado típico es la sierra, que se pesca con línea. Me gustaba la pesca y andar a caballo.

La infancia
La aldea estaba cerca y teníamos parroquia, escuela, registro civil y retén de carabineros. A los seis años se entraba al colegio y no se salía sino hasta los dieciséis. Empezaba en septiembre y se terminaba el año en marzo. Había una directora y una maestra, además las que ya terminábamos el tercer grado hacíamos de monitoras para enseñar a los más chiquitos. Había un aula para las niñas y otra para los niños. 
Me acuerdo aún la primera poesía que recité cuando vino una visita a la escuela: “Ciencia y virtud”: “Brota la flor inculta en la pradera sin color, sin aroma y deshojada, acaso por el tiempo condenada a morir sin gozar la luz del sol. Estas aulas sus puertas nos abrieron, la mano benigna y cariñosa, por la senda difícil y escabrosa, nos conduce hacia el templo del saber. Ciencia y virtud sean las leyes que guíen nuestros pasos en la vida. Esta es mi misión, verla cumplida, sea el lema feliz de la mujer”. Tenía seis años y una memoria… Me disfrazaba para los actos, recuerdo “El día y la noche” en la que hice de día: “¡Aparta noche sombría que el aire de luto pueblas, yo soy la luz, soy el día, yo doy calor al ambiente y al firmamento colores, móvil cristal a la fuente, e inundo el campo de flores cuando asomo en el Oriente!” y la chica que hacía de noche me respondía… “Yo soy la noche…”.
En esa época tenía tres vestidos: el de ir al colegio, el de la misa y el del mandado diario. Una vez llegó a casa una señora pidiendo ropa y sin que mamá supiera, le di mi vestido de la misa. Me mojé jugando y mamá me mandó a cambiar... “¿Dónde está tu vestido? - “Se lo di a la Rosa” - “¡Qué!”, y se enojó… ¡Mamá era buena para dar!
A veces venían paisanos pidiendo, entonces mamá les preparaba café con leche, pan con manteca y dulce, pero ellos también llegaban con gallinas y huevos. Mientras tanto, yo en secreto preparaba una bolsita con un pedazo de tela y adentro ponía azúcar y café, lo tiraba desde la ventana para que cayera sobre las plantas de papas y se las dejaba detrás de una mata. Cuando la gente se despedía, yo salía y le decía por lo bajo: “¡Detrás de allá hay una rama caída!”.
Me tocó participar de la Rama de Señoritas de Acción Católica y los domingos nos turnábamos para cantar la misa en latín. Esa zona tenía siete capillas: Andachildo, Puchilco, Lincal, Liucura, Detif, San Agustín, Ichuac y Puqueldón, que era la parroquia.
Había familias mapuches, buena gente, que vivían como nosotros, viviendo de lo que daba la tierra, recuerdo a los Huenul, Chaura, Ayán y Huichapay. Muchos chicos mapuches eran mis amigos.
En caso de atención médica debíamos ir a Castro, donde había hospital, demorábamos tres horas a remo. Una tía de mamá era partera e idónea en medicina, además mamá se las ingeniaba con los remedios caseros.

Hacia Punta Arenas
En 1935 murió mi papá. Un año después nos trasladamos en el barco “Alfonso” a Punta Arenas, donde ya estaban radicados mis hermanos Aníbal, Benjamín y Pedro. 
Mi mamá viajó conmigo y mis hermanas: Isolina, Filomena y Blanca. En Chiloé permanecieron Cornelia y Baudelia, y en la granja quedó encargado un tío. 
En Punta Arenas vivíamos en la casa de mi hermano Aníbal y su familia, sobre la calle Teniente Serrano del barrio Prat.
En 1939 estaba remplazando a una chica amiga que trabajaba en el hotel “Francia” porque viajó a ver a sus padres que vivían en el norte de Chile.
Este hotel era de los hermanos Pedro y Francisco Martinic, que antes habían sido carceleros en el presidio de Ushuaia.
Unos días después llegaron al hotel para hospedarse la señora Elena Keviny con sus hijos Mike y Molly. En esos días, Molly y yo nos hicimos muy amigas. El día anterior a que se marcharan me dijeron que se iban a Gallegos, entonces me invitaron a visitarlos en la estancia “Laguna Colorada” que administraban en Santa Cruz.
Me fui a casa y le dije a mamá: “Mañana me voy a Gallegos” - “¿Estás loca vos?” - “Tengo veintiséis años y soy dueña de mi vida. Me voy a Gallegos por unos ocho días”.
Me vine con los Keviny en el correo de Santiago Ansin, llegamos a las cuatro de la tarde al hotel “Lafuente”. Estaban doña Elena y don Genaro con sus hijos.
Era el 4 de octubre de 1939, el Día de San Francisco, tomamos un té y salimos a las cinco y media para “Laguna Colorada”, pero tomamos el camino de Palermo Aike y cruzamos el río Gallegos en la estancia “Paso del Medio” de los Noya. ¡Me acuerdo que pasamos por el camino al lado del gallinero, con sus gallinas blancas!
A las siete y media, con poca luz, llegamos a la estancia, donde nos esperaba don Miguel Keviny. Hablaban en inglés y conmigo en castellano.
A la mañana siguiente me levanté y todavía con el camisón, miré por la ventana de la habitación. Todo campo y ni una rama: “¡Molly!, ¿todo el campo es así?, ¿no hay ovejas ni nada?, ¿es un desierto?”. Nos levantamos y fuimos a desayunar. La señora ya había hecho el café, después almorzamos y salimos a caminar. Me encontré con un perrito que no podía agarrar, corriendo de un alambre a otro. ¡Era una liebre! Yo no conocía liebres, avestruces ni guanacos. Me acuerdo que en la estancia había una cancha de tenis.
El 20 de octubre salimos a la vega para buscar huevos de avutarda y encontramos veinte entre las totoras. 
Yo le dije a la señora Elena que me gustaba estar allá y que quería quedarme trabajando, pero me dijo: “Querida, acá no se puede pagar mucho porque esta estancia es chica, pero si quieres trabajar, yo te voy a conseguir un trabajo bueno”.
Ociosa no podía -ni puedo- estar, entonces durante esos días tejí una alfombra en punto cruz.

Hacia “Cabo Buen Tiempo”
El 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, me levanté y le comenté a doña Elena: “Anoche soñé con muertos” y ella dijo: “¡Noticias de vivos!”. Un momento después ladraron los perros y se acercó un coche, entonces doña Elena me dijo: “Debe ser el señor que te viene a buscar” - “¿Qué?” - “Yo te busqué un trabajo en una estancia muy buena: ‘Cabo Buen Tiempo’”. Ella había hablado a la oficina Gallie, que era la que llevaba los papeles a todas esas estancias.
Entró a la casa el señor Eduardo Rudd. Me presentó y subí a la habitación a preparar mis cosas. Molly se largó a llorar y yo también. Me arreglé con mi tapado, mi cartera y guantes como para ir a pasear.
Un rato después salimos de la estancia y llegamos a “Güer Aike”, donde vivía una hermana de Rudd. Me dejaron en la cocina, recuerdo que una mujer alemana era la cocinera. Ya no me gustó. Me sentí miserable. Me sentí nada. Yo nunca había estado de sirviente. Me crié en mi casa con empleada, pero las cosas cambiaban...
Más tarde pasamos por “Killik Aike Norte”, donde vivía la otra hermana de don Eduardo, pero esta vez le dije que no quería bajar del coche. Ya sabía que estaba menoscabada y prefería quedarme arriba. 
Más adelante pasamos por Hill Station, donde saludamos a los viejitos Miller. Allí estaba con ellos acompañándolos Jessie Urquhart. 
A las cinco de la tarde llegamos a “Cabo Buen Tiempo”. Ahí mismo noté la diferencia. Me bajé del coche con mi valija y quedé sola afuera, vi a un muchacho que estaba haciendo algo en una pileta: “¿Usted trabaja acá?, ¿usted sabe que yo no vine a pasear, vine a trabajar?”. Era José Alvarez (después tendría en el pueblo la confitería “La Armonía”). 
Un momento después abrió, apenas, la puerta de la cocina una sobrina de don Eduardo, Hilda, que me dijo: “One minute, please” y al rato apareció la esposa de don Eduardo, Agnes, que me saludó y me indicó una pieza para dormir, pregunté por el baño y me dijo: “Casita afuera”… “¿Y dónde me baño?”, una palangana.
Esa noche la cena era una lengua de cordero, un pedazo de puerro y un trozo de papa, entonces les dije que no iba a comer. Me quedé sola en la cocina... ¡Cómo lloré al principio! 
Una noche hermosa, todavía de noviembre, fui afuera, miré el cielo y dije en voz alta: “Dios quiso que venga acá. Papá, si podés darme fuerzas para que yo pueda seguir viviendo y gane lo que sea, dámela... Ayúdame papá, porque quiero enviarle la mitad de la plata a mamá. Dios, estoy en tus manos” y lloré hasta que me cansé, me enjuagué los ojos y entré a la casa. 
El sueldo era de sesenta pesos, dos pesos por día, trabajando desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche cuando tenían visitas.
Y así seguí trabajando. En la época de los corderos me tocaba limpiar y cocinar tres docenas de colas de corderitos que parecían espárragos, riquísimos. Una vez la señora fue lejos afuera a dejar la fuente de cordero asado que yo había preparado para que se enfriara, porque a veces lo preferían así, tipo fiambre. Un perro viejo, el “Glen”, la olfateó y cuando fueron a buscarla, encontraron la fuente vacía. ¡Ella quería matar al perro!, ¡pobre bestia! 
Una vez salí a pasear por los alrededores y no sabía que había un toro. Este empezó a escarbar la tierra y tuve que trepar y saltar un cerco de matas para que no me alcanzara.
Crié cinco corderos guachos con mamadera y una oveja de raza, la “Pirucha”, a la que, porque tenía apenas unos cachitos al ras, no la premiaban. Me iba de paseo desde la casa hasta la playa con los cinco corderos, el perro y los dos gatos. Me divertía sola. Me iba a un cerro alto y miraba Gallegos a lo lejos…
Me acuerdo que entre el personal había indios como Andrés Chapalala, que venían en la época de los trabajos, y los Rudd tenían mucho aprecio por ellos. Eran buenos con los caballos.

Felicia y Sergio
Me tocaba planchar, calentando la plancha de hierro sobre el calentador “Primus”, todo con almidón. Un día iba al lavadero, que tenía una caldera a leña y cuatro tinas con tabla. Unos metros antes me encontré con un hombre cortando el pasto con la guadaña y como yo tenía que pasar, le pregunté: “Señor, ¿me deja pasar?, porque si me corta las piernas, usted no me va a dar las suyas”. Era un asturiano, Sergio Muñiz, capataz de la estancia. Dejó de cortar el pasto y pasé al lavadero, encendí la caldera y volví a la casa.
Ese hombre sería mi marido…
El 24 de mayo bajaba con la familia al pueblo porque tenían la fiesta del Club Británico.
Más adelante conocí a los chicos de la familia: Ian, Héctor y Remish Rudd, que estaban estudiando y fueron muy cariñosos conmigo, especialmente Remish, que me llevaba la victrola para que escuchara música. Una vuelta, Pedro Montes le prestó una moto a Héctor y me llevó a dar una vuelta. Otra vez don Eduardo supo que en mi pueblo yo montaba y me prestó su caballo, salí enseguida cabalgando con toda confianza. Me encantaba desde niña.
Un día, Muñiz me escribió una carta que ni la abrí y le dije: “Señor, yo no vine por marido, hay mujeres en Gallegos, vaya a Gallegos” y luego envió una segunda, pero yo nada. El le dijo al patrón que me quería. Un tiempo después me invitó a caminar al cementerio, que -aunque no parezca- era un lindo paseo porque tenía hermosos pinos. 
Me fui dando cuenta que Sergio era un hombre de respeto y finalmente nos pusimos de novios. El 29 de junio de 1941 nos casamos por civil en el pueblo y estuvimos sábado y domingo en el hotel “Lafuente”, y el lunes nos volvimos a la estancia. El juez de Paz fue César Huerta y los testigos fueron: Genaro y su hijo Gabino Lafuente.
Me contó Sergio que vino de España a los dieciocho años a la estancia “La Carmen”, de la viuda de Pello. En la huelga del ‘21 terminó en la estancia “Anita”. Decía que los arrearon como animales. Allí, con Eduardo Llaneza salvaron el pellejo de los fusilamientos a último momento. Ya les habían hecho cavar las fosas. Más adelante Llaneza pobló “El Lucero”. 
Mi esposo tenía un primo, “Pepe” Muñiz Ordóñez, que tenía la estancia “Cañadón Pluma” cerca de Las Heras. Otro primo de Sergio, Andrés Muñiz, trabajó en el campo y después vivió con nosotros en Gallegos.

En diciembre era costumbre la pesca de la centolla en “La Angelina” de Montes, entonces los Rudd invitaban a sus amigos, que almorzaban en la estancia cordero al palo y después se iban con todo cargado para la merienda hasta un lugar conocido como “Cañadón Palo” en la playa, siguiendo por la costa hasta “La Angelina”, y se tomaba el té como en un picnic en otro lugar conocido como “Las Totoras”. 
Mucha gente del pueblo iba. Había centollas al lote. En la playa eran peligrosos los zanjones donde estaban los congrios, que se debían sacar con una horquilla o un rastrillo. En uno de esos cayó “Pepe” Susacasa y cuando Belarmino Alvarez quiso ayudarlo, también él cayó, pero nadie los escuchaba. Es tan resbaloso que es imposible trepar por las rocas. En un momento alguien vio a lo lejos una cabeza que flotaba y empezó a los gritos. Mi esposo Sergio los sacó a los dos. “Pepe” estaba inconsciente. Me puse arriba suyo como a caballo y empecé a apretarle el espinazo con mi rodilla hasta que de a poco fue largando el agua que había tragado. Estuvo ocho días en la casa de “La Angelina”. Esto creo que fue en 1942.
En esa época llegó de cocinero de la gente Mariano Kovasic, un croata que se hizo muy amigo de Sergio. A Mariano le gustaba la pesca y se iba a caballo a la playa. En la orilla fijaba un extremo de la red y luego se metía dentro del mar e iba girando, llevando la red hasta cerrar el círculo. El pescado era para la estancia.

(Mi hermana Filomena Pérez vino a Santa Cruz en 1940. Ella conoció a Knud Ramstrom, que era cadete en “Killik Aike Norte”, después se casaron y fueron a la estancia familiar “Helsingfors”, lago Viedma. Además vino mi hermana Isolina Pérez, que se casó con Galo Olavarría, vivieron en Gallegos y después en Comodoro Rivadavia. El trabajaba en Vialidad).

En Río Gallegos
El 31 de diciembre de 1942 dejamos la estancia. Mi esposo había sido capataz durante catorce años. El 1 de enero de 1943 tomamos la concesión del hotel “Covadonga”, que era de Ricardo Jove y María Vásquez, paisanos de mi marido. El tenía muchos amigos españoles, como Juan Méndez, Ulpiano Alvarez, Genaro Lafuente, Daniel Huerta, Manuel García, “Caleya” García, Severino García, Eladio Martínez, entre otros.
El 15 de enero mi madre vino de Punta Arenas para acompañarnos.
El hotel tenía nueve habitaciones, un comedor grande y un comedor chico, y ofrecíamos pensión completa por cien pesos al mes: casa, comida y vino a “raja cincha”. 
El primer día atendimos a veinticinco personas. Me ayudaba una muchacha, Esther Jara, que tenía un hijo, Manuel. Ella era mi mucama y yo, cocinera y lavandera. 
A “Casa Méndez” después llegaron las primeras máquinas de lavar “Siam” y una fue para nosotros.
En esos días me fui a la tienda “La Libanesa” y compré una pieza de género para visillos y como tenía máquina, ahí nomás empecé a hacer las cortinas nuevas. En poco tiempo también compramos sábanas nuevas… Era como vestir a una novia. 
En la pieza 1, el doctor Hermida me operó de la pelvis. Trajo la camilla. Hizo de instrumentista Eduardo Puig y las enfermeras fueron Esther Ajís y Ruby Wallis.
Hicimos una linda amistad con Hermida y nos contó que era único hijo y su familia tenía un hotel en Madrid. 
En esta época recién conocí lo que era un baile en el “Colón”. Esto fue un carnaval en el que me disfracé de jugador de Boca con una media en la cara para que no me descubrieran y fuimos al baile con “Porota” Fernández, pero Marcelino Alvarez me reconoció. Me llevé un palo de escoba con un bolsito en la punta para dar… por si alguno se hacía el vivo. 
En esa época, 1944, se alojaba el personal que estaba construyendo los cuarteles del Ejército. Más adelante, después de la guerra, llegaron los italianos, la mayoría fue a Río Turbio, pero algunos quedaron viviendo aquí, se alojaban y comían en el hotel.
El 18 de abril de 1946 dejamos el “Covadonga”, después de tres años y medio; lo dejamos preparado para treinta cubiertos. Los Alonso, que lo habían comprado, se harían cargo.

La pensión
En ese momento alquilamos a la gallega Carmen Torres dos piezas en calle Pellegrini, entre Magallanes y Rawson, y de vecino alquilaba un matrimonio más borracho que la uva, que peleaba todo el día. A la gallega no le gustaban los chilenos, pero yo pasaba por española porque llevaba el acento. No tuvimos ningún problema.
Un día nos enteramos que vendía la propiedad, entonces Sergio vendió una casa que tenía de soltero en Urquiza y Fagnano, y por doce mil trescientos pesos le compramos el terreno. Carmen Torres había sido cocinera de “Punta Loyola” y los de la estancia le habían ayudado a tener esa casa.
En agosto de 1946 nació nuestro hijo José Roberto, “Pepe”. El 8 de diciembre nos entregaron la propiedad. Un mes después me fui a “Casa Méndez” y compré dos camas, dos colchones y frazadas. La casa tenía seis piezas, entonces tuvimos dos pensionistas con casa y comida, y así empezamos a trabajar.
En el patio teníamos repollos que llevábamos al almacén de Federico Gallardo para que los vendieran. El era primo de mi madre.
Ese mismo año, Sergio empezó a trabajar en el frigorífico Swift y, entre otras funciones, era el que controlaba el ingreso de los animales faenados. Una vez, un ganadero quiso dejar su mercadería en la cámara de frío sin que la viera el veterinario: “¡Acá entra la carne cuando digo yo!” - “No señor, cuando venga el veterinario”, dijo Sergio, porque se dio cuenta de que la carne olía mal. Es que algunos parecía que se llevaban el mundo por delante, pero Sergio en el frigorífico estaba muy bien conceptuado. 

Continuará el próximo domingo...

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Por Pablo Beecher
Domingo 1 Jul 2012