Domingo 21 de Abril de 2013
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Los desafíos de un paIs doblemente centralista
Que el juicio final nos encuentre desarrollados
Santa Cruz es hoy un fantasma de lo que fue, pero más que nada de lo que pudo haber sido, y muestra todas sus miserias y carencias, mientras inconmensurables riquezas nos rodean, a la espera de que las aprovechemos para construir otro futuro.
Domingo 21 Abr 2013

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“La verdad es que no sé si nuestra gran riqueza habrá contribuido a hacernos las cosas fáciles, pero sí puedo afirmar que no hemos explotado lo que tenemos. En el día del juicio delante de Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería. La riqueza minera de la Argentina es impresionante. Claro, tenemos mucha montaña. Además, con toda la costa que hay, no estamos acostumbrados a comer pescado, ni a elaborarlo para exportar. En otras palabras, a lo largo de nuestra historia, no creamos fuentes de trabajo basadas en nuestros recursos. No puede ser que las fuentes de trabajo estén principalmente bordeando las grandes ciudades, el gran Buenos Aires, el gran Rosario… no puede ser”.
Lo que precede son palabras del máximo conductor de la Iglesia Católica, el papa Francisco, cuando todavía era el obispo Jorge Bergoglio, recogidas en el libro “El jesuita”, de Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, en el capítulo denominado “un país que no termina de despegar”.
La afirmación del papa Francisco es interesante de rescatar, porque pone la mirada en la falta de decisión del país, a lo largo de gran parte de su historia –al menos, de su historia moderna– de movilizar las riquezas, de encaminarse hacia un sistema que dé respuestas tanto a las necesidades inmediatas como a la visión de futuro. Una falta de decisión que se resume en ese tan sencillo como lapidario diagnóstico: “no creamos fuentes de trabajo”.
Lo hemos visto y lo sabemos desde que estudiamos al país en la secundaria: Argentina es un país doblemente centralista, que crece y se concentra de manera enfermiza alrededor de su capital, y que a su vez replica el mismo esquema en cada provincia. Y no porque la producción esté alrededor del puerto de Buenos Aires, sino todo lo contrario, y para dar respuestas a ese crecimiento cada vez más concentrado, el país no hace más que multiplicar las fuentes de trabajo improductivas, que lo llevan a estas cíclicas crisis económicas que golpean donde más duele, que es en la piel, el alma y la esperanza de los que menos tienen.
Santa Cruz es hoy un fantasma de lo que prometía ser, una triste muestra de lo que hubiera sido, un flagrante testimonio del fracaso. Si alguien quiere saber por dónde pasa la explicación de la actual situación, solo basta con mirar a la conformación de la sociedad: en una provincia que tiene riquezas naturales de todo tipo, los sectores más acomodados no provienen de la producción minera ni ictícola ni petrolera, ni tampoco agropecuaria desde hace al menos 50 años, sino que son comerciantes, políticos y contratistas de obras y servicios públicos (corruptos o no, que esa es otra historia).

Desafío
Pero explotar lo que tenemos, como propone Francisco, parece no ser tan fácil, ya que los años pasan y no se hace, o se lo encara a medias, tímidamente y sin continuidad ni arraigo.
Y ante todo, explotar las riquezas de suelo y subsuelo desafía frontalmente el esquema de lo ya establecido, porque para eso hay que dar la espalda a las grandes urbes e ir a la costa despoblada, o a lo profundo del país, allí donde solo vive un puñado de compatriotas, donde se termina la ilusión de pertenecer al primer mundo, donde fallan las comunicaciones, la conectividad es un cuento de hadas y las necesidades básicas no están insatisfechas, como marcan las estadísticas, sino lisa y llanamente desconocidas.
Y por supuesto que no se trata de movilizar riquezas a cualquier costo ni mucho menos con la visión del que quiere asegurar que todo siga igual, que para eso ya hemos tenido suficiente con la experiencia petrolera en el país, que se manejó como enclave y logró, contra todo pronóstico, transformar la producción en un sistema especulativo.
Necesitamos generar futuro a partir de nuestra propia riqueza, con apego a las leyes, al cuidado ambiental y al cumplimiento estricto de los sistemas probados de producción, pero hay que hacerlo ya, antes de que la estructura social imperante vuelva a encontrar la forma de sobrevivir otra década sin cambiar nada, y los que más hayan sufrido la crisis, la continúen sufriendo, pese al despegue.
La minería, bien desarrollada, aporta lo esencial para romper el círculo y ayudarnos a mirar hacia otro horizonte, uno que tenga futuro.
San Julián es un ejemplo de ello. Hace casi 15 años, Cerro Vanguardia inició su producción con técnicos y profesionales que llegaron a conducir un sistema de trabajo totalmente novedoso en esta región y el país. Comenzó a hacer minería moderna donde nunca la hubo, y en base a capacitación, integración con la comunidad y un decidido impulso al desarrollo local, hoy vemos cómo muchos directivos de la compañía, como así también la mayoría de los trabajadores y proveedores, son de la zona o han decidido serlo una vez incorporados a empresa, y cuando en un futuro que aún no es próximo, finalice su actividad extractiva, podrán brindar su capacidad de trabajo y experiencia a los numerosos proyectos mineros que recién se están iniciando o que aún están solamente en el afán explorador de los geólogos que estudian y recorren el productivo Macizo del Deseado.
La minería es así.
Impacta en el mercado laboral requiriendo y formando trabajadores que empezarán siendo empleados y terminarán siendo mineros.
Impacta en la actividad económica local, impulsando la multiplicación de proveedores de la enorme diversidad de bienes y servicios que requiere a diario, transformando comerciantes y tenderos en expertos prestadores.
Impacta en la educación, motorizando la formación de profesionales que se insertarán en la empresa, y que luego continuarán desarrollando su carrera en los más variados espacios.
Y, por sobre todas las cosas, impacta en las comunidades, inyectando futuro, esperanzas y perspectivas de desarrollo.
Hay que ponerse a producir, porque si no, como dice Francisco, “en el día del juicio delante de Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar”.

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AIMSA - Por Roberto Mendoza
Especial para La Opinión Austral
Domingo 21 Abr 2013