Domingo 21 de Abril de 2013
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“Churrinche”
Hombre de familia (Ultima Parte)
Entre sus recuerdos, 1960 figura quizás como el peor año para Rafael Ruiz, alias “Churrinche”, sin embargo la firme voluntad por recuperarse, además de los fuertes lazos de solidaridad en aquella época, permitieron que la familia volviera a sonreír. Ingresó como telegrafista en la Central Radio de Río Chico, luego se desempeñó en Logística, después fue encargado de talleres de la Policía, jubilándose como jefe. Mientras tanto, nunca dejó de visitar Puerto Coyle, donde había aprendido -con notable destreza- a pescar y cazar de la mano de don Constante González.
Domingo 23 Dic 2012
Alicia, María Eva, “Churrinche” Ruiz, Marta, Rafael y Susana.

Alicia, María Eva, “Churrinche” Ruiz, Marta, Rafael y Susana.

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Entre Gallegos y el campo
“Churrinche”: Más adelante la vida volvió a la normalidad y entré como administrativo en la Policía con un alta provisorio. En mi legajo aún se leía “subversivo” producto de mi reacción cuando destituyeron a Paradelo.
Me enviaron como radiotelegrafista a la Central Radio de Río Chico y mi esposa Luisa trabajó en maestranza. En 1964 nació nuestro hijo Rafael. 
Susana: Mamá escuchaba su novela por la radio y también le gustaba cantar tangos. Mi papá jugaba con nosotros al veo-veo, el gran bonete, don Pirulero, adivinanzas y trabalenguas. Era un papá cariñoso.
Marta: Mi papá venía de trabajar y lo atendíamos con todo el cariño porque llegaba cansado…
Susana: Hemos tenido una infancia afortunada, con una mamá y un papá que nos cuidaron mucho, fuimos hijos felices y unidos. 
Mi papá nos fabricaba los trineos para el invierno y los barriletes en verano. Mamá nos esperaba para el té con tortas fritas o buñuelos. Y así nunca nos faltaron esos mimos. En casa podían faltar cosas materiales, pero nunca el cariño de nuestros padres, lindos cumpleaños y una linda Navidad. Eran padres presentes.

“Churrinche”: En 1967 compramos una casa del barrio APAP y volvimos a la ciudad. El dinero lo ahorramos después de varias temporadas de caza de avestruz. Mi pasión seguía siendo el campo. En invierno salíamos con Alberto Borquez y traíamos alrededor de cien avestruces para plumear. Empleábamos rifle, luego cuchillo y chaira, así faenábamos en el mismo lugar. 
En la ciudad, Marcial Martin compraba las plumas. 
En 1975 compramos una camioneta Chevrolet cero kilómetro gracias a las plumas y a partir de allí me mantuve siempre fiel a la marca. Un día pasamos por el local de Del Buono y vimos el nuevo modelo de camioneta, entonces mi esposa me dijo que fuéramos a buscar la plata que tenía guardada porque podíamos comprarla... Ella llevaba muy bien los ahorros.
Un año acopié cerca de 500 kilos de plumas. Un avestruz puede dar unos 900 gramos.

Me designaron después encargado de los talleres de la Policía, luego me desempeñé en Logística con Luis Gay. Mi esposa todavía iba caminando a trabajar a Río Chico. En la Policía hice buenos amigos, como Froilán Ortega. 
Una vez que fui jefe de talleres me propuse recuperar todos los vehículos que estaban parados y organizamos el primer desfile de la flota de Policía. En esos años abrí en mi casa un taller de chapa y pintura. 
En 1977 me jubilé. Mi esposa trabajó en la Comisaría Tercera y después se jubiló en la Unidad Regional.

Un conocedor nato de la costa 
“Churrinche”: Más adelante fui a trabajar como pagador de sueldos de la empresa Coletto (de Buenos Aires, que después se denominó “Arguinsor”) y viajaba por las localidades donde tenían obra. Más tarde trabajé con un subcontratista de Gas del Estado, pero un lindo trabajo que tuve últimamente -en los ‘90- fue colaborar con la empresa de exploración Geomarine buscando unos hitos sobre la costa atlántica -entre Punta Loyola y Monte León- que estaban colocados desde los años ‘40. En Puerto Santa Cruz tenían la base.
Yo conocía mucho la costa porque cuando era chico -comenté- acompañaba siempre a mi padre en el carro para buscar leña a lo largo de la playa.
En las fotos satelitales aparecían los hitos, pero era difícil localizarlos recorriendo la costa, entonces me llamaron para ese trabajo en especial. Eran plaquetas de bronce con la fecha de colocación que servían para medir la costa. El equipo de gente de la empresa me mostraba una foto satelital y según el relieve, algún cañadón que observaba, yo me iba dando cuenta dónde podía estar el hito. Una vez que lo hallábamos, se comunicaban por satélite con un barco para registrar la ubicación. 
Disfruté mucho de este trabajo. Me acuerdo que una vez íbamos por el campo, vimos avestruces y le dije al muchacho que iba conmigo: “Mirá, voy a esperar que se junten un poquito y le voy a tirar con efecto” -exagerando-, entonces esperé que dos se superpusieran, disparé una vez y cayeron dos avestruces. El porteño no salía de su asombro. Yo después les preparaba los bifes de avestruz. Me apreciaban mucho y yo a ellos.
Este trabajo me permitía volver a la zona de Coyle que tanto quiero. En 1970 -aproximadamente- se había levantado la oficina del Correo.

El fútbol, el campo y el mar
Rafael (h): Mi papá jugó al fútbol desde su infancia y cuando se radicó en Gallegos, lo hizo en los equipos del Club Boca, el Boxing y en la filial de River que funcionó algunos años. Más adelante fue uno de los fundadores del Club Los Indios, que después presidió. El Club Mataderos era el clásico rival.
Alicia: El fin de semana solíamos ir al campo porque a papá le encantaba. Me acuerdo que en invierno los vidrios de la “Estanciera” estaban escarchados. María Eva y yo teníamos que vigilar que los zorros no se llevaran los cueros, pero también aprovechábamos a dormir un poco adentro mientras papá cazaba avestruces. María Eva también tiraba.
En “Chimen Aike” éramos de los pocos que íbamos por la orilla del río, cruzábamos un puente y visitábamos a don Gleadell que vivía con su madre en un puesto de la estancia. Ella nos esperaba a tomar el té. Más adelante vivieron en “Killik Aike Sur”.

Rafael (h): A nosotros siempre nos llevaban de paseo al campo desde que éramos chicos, acampábamos generalmente en Coyle y papá pescaba, que es lo que más le gusta hacer.
El igualmente nos llevaba por los alrededores para saludar a los puesteros que conocía de toda la vida como cazador… Carlos Ortega de “La Aguada” de “Coy Inlet”. Este puestero tocaba el acordeón y teníamos música para el baile, seguido de truco. Ahí comíamos un asado y jugábamos. En “Coy Aike” estaba de peón el “Tosco” Miranda (hermano del Miranda que tuvo el bar en Roca, casi Salta). Allá buscábamos huevos de avutarda y de avestruz, tomábamos mate con la gente y siempre les llevábamos algo. Al “Topo Yiyo” lo conocimos en el puesto “La Lata” de la estancia “Palermo Aike”. En “Dos Lagunas” estaba Martínez. En el puesto “Argentino” de la estancia “Punta Loyola” conocimos a don Haro y ahí después estuvo Ojeda. Este último -después de que se retiró del campo- fue cuidador de la chacra del Obispado que está muy cerca de ese puesto. 
En el puesto “Rincón del Buque” de “Ototel Aike” vivió un peón que mató a su esposa y se marchó, después de unos días encontraron al hijo que era chico y había sobrevivido. Más adelante los nuevos puesteros aseguraban que oían ruidos extraños y no querían quedarse. Ahí conocimos a Sobarzo. El trato era de amistad porque si bien eran hombres acostumbrados a estar solos, les gustaba que los visitaran.

Una actividad que me unió a mi padre desde chico fue la pesca de mar, primero con línea y después con caña. Más grandecito me dejó agarrar la caña ¡y ahí ya no me pudo ganar más! El lugar al que más íbamos era Coyle, porque además me enseñaba qué había en cada lugar de lo que había sido el antiguo pueblo. Ahí sacábamos mucho róbalo y pejerrey, pero lo que más abundaba era róbalo. Una vez que volvíamos a Gallegos, íbamos al barrio Belgrano o “barrio chileno” como le decían, llevábamos una balanza y vendíamos el pescado.
Otro lugar lindo para pescar es la sección “Gap” de “Cóndor”, donde pescábamos entre cuarenta y cincuenta róbalos cada uno. El viento es siempre lo peor para la pesca porque estropea el mar. El horario ideal es durante la subiente, entonces llevábamos la tabla de mareas y nos preparábamos. También tiene que ver la luna, porque es mejor pescar cuando está creciendo que cuando es la nueva. Influye.
A nosotros nos gusta, además de pescar, pasar el fin de semana en familia, acampar y cocinar lo que pescamos en el mismo lugar y almorzar. Mamá estaba siempre al lado de papá. 
El plato es generalmente a la parrilla con papel de aluminio, con tomate, orégano, sal y pimienta, o bien al disco.
Mi padre es bueno también en la pesca de río, pero especialmente pescando con la mano el salmón ciego. El se tiraba de panza al río y empezaba con la mano a acariciar de abajo un pez que estuviera quieto, lentamente lo iba subiendo mientras lo acariciaba hasta que lo tenía cerca de la superficie y ahí lo sacaba hacia afuera. Otras veces pescaba en el río con un lacito de cable, entonces cuando el pez pasaba por el centro, tiraba hacia fuera. Estaban Vicente Mayeste y el “Loco” Sancho que no podían creerlo.

Los hijos
Alicia: María Eva trabajó en comercio. En los ‘70 las hermanas formamos el conjunto de folclore “Lucero del alba”, pero la gente nos conocía como “Las hermanas Ruiz” y cantábamos en las peñas y en la radio. Jorge Cafrune nos apadrinó durante una velada en el Boxing. Esta fue una hermosa etapa musical de nuestras vidas.
En 1973 María Eva se casó con Mauricio Cecuk y tuvieron tres hijos: Viviana, Leyla y Marcos. Ese mismo año -durante el gobierno de Cepernic- ingresó en Información Pública y realizaba informativos en LU 14 y Canal 9. Ya estaba recibida de taquígrafa. Estuvo después dos años en la dirección de Comunicaciones y la imprenta oficial. Más adelante entró en la Legislatura, donde se desempeñó en la secretaría privada del vicegobernador Francisco Toto.
Más tarde, después del juicio político al gobernador, la convocó Granero para que lo acompañara en la Secretaría Técnica y después continuó con su sucesor, “Chicho” García. Hizo el secundario que adeudaba y cursó cuatro años de Derecho.
En 1991 regresó a la Legislatura y trabajó en la dirección de Despacho y en la de Comisiones hasta jubilarse.
Ella trabajó además en política, en la Casa de la Mujer. Mauricio dejó Austral después de diecisiete años y trabajó en el ISPRO, en la Subsecretaría de Trabajo y en Rentas, donde se jubiló. 
Viviana es odontóloga, trabaja en el penal de Rawson, Chubut, y en Criminalística de la Policía como perito forense, además atiende su consultorio. Está casada con Sergio Quintero, que es ingeniero civil e hidráulico. Tienen hijos mellizos: Luna y Gael. 
Leyla es profesora de Historia y enseña en las escuelas 11 y 26. Está casada con Eduardo “Chino” Aguilar. El es profesor de educación física en distintos colegios y en el Club San Miguel, además es técnico de la selección provincial de básquet femenino y participa con los chicos en los Juegos de la Araucanía y los Evita. Tienen dos hijos: Facundo y Valentina. 
Marcos es piloto privado y está haciendo la carrera de piloto comercial.
En 2010, Mauricio (p) falleció.

Alicia: María Eva y yo hicimos la primaria en el Colegio María Auxiliadora, pero después pasamos a la Escuela 10, donde llegamos a sexto grado. En esa época nuestros padres nos decían: “Estudiás o trabajás” y no había otra alternativa. A los catorce años salí a trabajar. Yo también fui a La Anónima y trabajé en la sección de panadería que tenía Susacasa. El horario era de 9 a 12 y de 14 a 19. Me gustó mucho esa época, atendía al público y recuerdo a los panaderos Quinán y Escole.
Un día de 1973, Edmundo Román Merino me dijo que necesitaban gente para la administración pública, pero a mí no me gustaba porque pensaba que eran todos “unos vagos”. Me contó que el ingreso era por examen, entonces me presenté y rendí matemáticas, dictado, redacción y dactilografía… cuando aprendíamos ciento veinte palabras por minuto. Me designaron en el Consejo de Educación. La profesora Digna Martínez era la presidenta y Néstor Forlón el director de administración.
Más adelante cursé el secundario de noche porque quería hacerlo. En la Escuela 15 funcionaba DINEA, salía del trabajo a las 20 y me iba corriendo a la escuela hasta la medianoche. En 1982 teníamos los simulacros de oscurecimiento durante la guerra de Malvinas, salía de la escuela con un gorro, pareciéndome a un varón y me iba corriendo a casa. 
En 1983 pasé a la Contaduría General de la provincia y en 1993 fui al Registro Civil hasta que me jubilé.
En casa nos enseñaron siempre la cultura del trabajo y es por eso que nunca nos quedaba chico nada: “Trabajar y pagar”, nos decían.

Marta: Hice primer grado en María Auxiliadora y después pasé a la Escuela 10, donde terminé la primaria. En casa no éramos pobres, pero nuestro hogar era un hogar humilde donde se trabajaba y se vivía del trabajo. Me fui de empleada a uno de los locales de verdulería de la firma Beltrán y Méndez, pero en Mariano Moreno casi esquina San Martín. En esa época prefería ingresar a La Anónima y me iba todos los días a pedirle empleo al gerente. Yo tenía quince años. Un día se hartó de verme y me dijo: “¡Nena!... ¡Me cansaste!” y finalmente me dio un lugar. En La Anónima trabajé cuatro años. 
En 1975 ingresé en el Consejo de Educación, cuando Olga Sánchez era la presidente y Caíno el director de administración. En el golpe al año siguiente supimos que muchos quedábamos sin trabajo, pero no me echaron y fui haciendo una hermosa carrera administrativa, primero en Liquidación de Escuelas Privadas, después estuve en la oficina de Presupuesto y finalmente llegué al Departamento Contable. 
Me gustaba el sindicalismo, fui delegada de mi sector y participé en el gremio APAP durante la primera gestión de Agulló. En 1991 renuncié, después de la segunda gestión.
En esa época me convocó el intendente Freddy Martínez para trabajar frente al Juzgado de Faltas del departamento Infracciones de Comercio. En su segunda gestión fui directora del Juzgado de Faltas, donde tuve un equipo de trabajo muy lindo.
Más adelante terminó el mandato de Martínez y regresé a Educación. En 2003 me jubilé. 
Estuve casada con Ernesto Cecuk. El primer bebé que tuvimos no sobrevivió. Más adelante nacerían Karina, Paulo y Martín. 
Karina estuvo casada y es mamá de Joaquín. Ella es periodista y ahora es directora de noticias del canal de Chubut. Joaquín es profesor de inglés y trabaja en turismo en Puerto Pirámides.
Paulo es papá de Gastón. Está casado con Roxana Shengfet y tienen a Iván, Catalina y Juan Martín. Paulo trabaja en Anses y Roxana en el Juzgado Federal.
Martín maneja su propio taxi, que heredó de su padre.

Susana: En 1959, cuando nací, iba a ser melliza de un hermano varón, pero mamá tuvo una pérdida. El día en que nací la enfermera le anunció que era una nena y mamá tenía preparado solamente un nombre de varón, entonces la enfermera le sugirió “Susana”.
Me llevaban en el colectivo de Río Chico al Jardín de Infantes de María Auxiliadora, pero me escapaba por la otra puerta y volvía a casa escondida en el mismo colectivo. 
Un año después me inscribieron en la Escuela 10, donde estaban mis hermanas, pero terminé la primaria en la Escuela 38 porque nos habíamos mudado al barrio APAP. Esta escuela es la que donó Julio J. Armando, presidente de Boca. Ahí nos daban la copa de leche y un pan mignon. 
Hice parte de la secundaria en el Colegio Ladvocat y en la Escuela Profesional de Mujeres, que ofrecía salida docente. En 1977 me recibí de maestra de manualidades. En esos años la profesora Hilda Storani y el profesor Miguel Angel Carra eran los inspectores de escuelas. Me enviaron como suplente a la Escuela 38 durante seis meses y a continuación fui a la escuela rural de la estancia “Las Vegas” como maestra de internado.
Ahí concurrían veintiocho chicos de Camusu Aike, donde no tenían escuela. Quince de ellos quedaban internados. Mi tarea era acompañarlos desde que se levantaban a la mañana hasta que fueran a estudiar. 
El director era el profesor Caballero y la maestra, Susana Manino, su esposa, que ahí vivían con sus hijos. Había también un matrimonio, ella de portera y él de peón de patio. 
Esta etapa fue bellísima, teníamos el ciclo de mayo a septiembre porque el invierno en el campo era muy nevador. Mis padres me visitaban todos los fines de semana que podían.
Una vez que regresé a Gallegos me presenté en el concurso de titularización para todas las escuelas de la provincia. Esto sucedía después de muchos años en que no había habido llamados. 
En esta época -luego de la vuelta de la democracia- comencé a militar en política y participé de la campaña de Arturo Puricelli como candidato a gobernador, además siempre fui delegada gremial en ADOSAC.
En 1984 me designaron maestra en San Julián, donde hice muchos amigos. Unos años después volví a Gallegos y trabajé en las escuelas 47, 1, 11, 41, siempre en actividades prácticas. Más adelante me nombraron como tutora en la Escuela de Adultos. Me jubilé trabajando en la Escuela de Adultos 8. 
En 1986 estudié para ser despachante de aeronave y por medio de un amigo en común, conocí a Carlos Collinao, que era cabo primero de la Fuerza Aérea, egresado de la Escuela de Ezeiza. 
En 1987 nos casamos y tuvimos tres hijas: Teshka y las gemelas Aluén y Ayelén. Mi esposo trabaja actualmente en la Cámara de Diputados.
Teshka estudia para ser instrumentista. Aluén es maestra especial. Está en pareja con Juan Vito y tienen una hija: Ludmila.
Me dedicaba -antes de jubilarme- a la actividad gremial en ADOSAC como secretaria de acción social. Esta inquietud política o gremial nació con mamá, que siempre nos motivó a conseguir cualquier cosa a fuerza de sacrificio, defendiendo al prójimo como prioridad. Es por eso que una vez jubilada me postulé para ser vocal y llevo dos gestiones votada como vocal del sector pasivo en la Caja de Previsión. Además participo en Cáritas de la parroquia Inmaculada y es una tarea que me da mucha satisfacción. 
Mamá partió hace algunos años. Dejó dicho a su nieta Viviana que cuando ya no estuviera, fuéramos a buscar una cajita que había dejado guardada porque su último deseo era que la cubrieran con una prenda en especial. Así lo hicimos. Ahí encontramos la chalina que tenía papá cuando se conocieron. Ellos fueron muy amorosos y realmente muy compañeros.

Rafael (h): Yo nací cuando mi familia todavía vivía en Río Chico, cerca de Gallegos. A los tres años fuimos al barrio APAP, hice primer grado en la Escuela 38 y después pasé al Salesiano. Mi papá me llevaba todos los días al colegio porque era el más chico, el único varón y el más mimado. En primer año integré la Banda Municipal que dirigía el profesor Caliero. Yo tocaba la trompeta. Tuvimos mucha ayuda de la intendente, que era la doctora Angela Sureda. Hemos viajado con la banda a Buenos Aires. 
En tercer año dejé el secundario. En 1980 fui a trabajar en la empresa Coletto, que estaba haciendo los cuarteles del Ejército en Gallegos, Río Turbio, Rospentek, Puerto Santa Cruz y Piedra Buena.
Entre 1982 y 1984 trabajé en la distribuidora de Horacio Arena, después ingresé al Consejo de Educación y me desempeñé en la Secretaría General. Más adelante pasé al Tribunal de Cuentas. 
Estuve casado con Alejandra Marchan y tuvimos tres hijos: Enzo, Alfonso y Gastón. 
En 1991 me acogí al retiro voluntario. Me dediqué a distintas actividades hasta que ingresé a la Municipalidad y ahora soy chofer del servicio de recolección.
Mi hijo Enzo es papá de Luciana Jazmín. Ahora está en pareja con Claudia Bordón y son papás de Brisa, que tiene los ojos del abuelo “Churrinche”. Enzo trabaja en ornamentaciones de la Municipalidad. Alfonso estudia Profesorado de Educación Física. 

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Por Pablo Beecher
Domingo 23 Dic 2012